viernes, 16 de noviembre de 2012

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 10.



Anduvo por aquella avenida durante unos quince minutos. Llegaba tarde. Iba a paso apresurado, aunque el retraso no se lo quitaba ya nadie. Mientras caminaba notaba como los charcos mojaban sus zapatos. Le hacían pensar en cuando era pequeño y, con sus botas de agua azul marino, saltaba encima de ellos; se sentía el rey del mundo en aquellas épocas. Mientras pensaba en esas botas divisó en la distancia a la persona con la que había quedado.

–¡Ey!– gritó Sergio.
–Llegas tarde.– refunfuñó.
–Sí, lo sé, perdón. No la encontraba.
–¿Pero la tienes?
–Sí, vamos a un lugar más apartado.

Sergio le hizo un gesto con la mano y ambos se retiraron unas calles más atrás. Sacó una bolsita de su bolsillo y se la entregó muy discretamente a su mano.

–¿Cuánto hay?– preguntó aquél joven.
–Veinte euros, lo que me pediste.– respondió Sergio.
–De acuerdo, muchas gracias tío, nos vemos mañana.– dijo finalmente mientras le daba los veinte euros y se marchaba calle arriba.

Sergio tomó la dirección contraria al joven. Se dirigía a casa de Jordi, tenía que hablar con él. Quince minutos más tarde estaba frente al portal, un tanto oscuro, de Jordi. Buscó entre los timbres el apellido Montjuich, era el 4ºC. Era la primera vez que Sergio se pasaba por casa de Jordi, normalmente era Jordi el que pasaba por su casa.

La relación entre Sergio y Jordi había cambiado mucho a lo largo de los meses. Al principio eran simples compañeros de clase; pero poco a poco fue convirtiéndose en casi un hermano para él. A menudo solían fumarse unos porros en casa de Sergio mientras jugaban a la PS3. Casi todos los fines de semana salían a quemar las discotecas de la ciudad. Y cada fin de semana volvían a casa con unas chicas diferentes a las de la semana anterior. Sergio había adquirido una confianza en él que no había tenido ni con sus amigos de la infancia, que al fin y al cabo nunca habían estado a su lado. Entre semana, cuando ambos acababan de trabajar, se dirigían a un pequeño bar que había a unas manzanas de sus casas. Allí pasaban el rato, en compañía.

Tocó al timbre y escuchó la ya familiar voz de Jordi.

–¿Se puede saber que coño te pasa en la voz Jordi? Anda baja y nos hacemos unos porros.
–Tío, está mi abuela de visita, ya otro día.– dijo un poco disgustado Jordi.
–Vaya tío, pues nada, cuando se marche o algo me mandas un Whats App.
–Vale tío, que te follen.– dijo en plan coña.

Sacó el móvil del bolsillo y pensó en llamar a alguna amiga, pero en ese justo momento apareció su hermana por la esquina.

–¡Gilipollas! ¿Qué coño haces aquí bajo con el agua que cae?– preguntó Sara como si de una verdulera se tratara.
–¿Sabes algo de mamá?– contestó Sergio.
–No, lo cierto es que no, hará lo menos unas tres semanas que no habló con ella.
–Yo creo que hace ya mes y medio. Deberíamos ir a verla.– dijo Sergio un poco arrepentido por el hecho de no incluir apenas a su madre en su nueva vida.