Anduvo por aquella
avenida durante unos quince minutos. Llegaba tarde. Iba a paso
apresurado, aunque el retraso no se lo quitaba ya nadie. Mientras
caminaba notaba como los charcos mojaban sus zapatos. Le hacían
pensar en cuando era pequeño y, con sus botas de agua azul marino,
saltaba encima de ellos; se sentía el rey del mundo en aquellas
épocas. Mientras pensaba en esas botas divisó en la distancia a la
persona con la que había quedado.
–¡Ey!–
gritó Sergio.
–Llegas
tarde.– refunfuñó.
–Sí,
lo sé, perdón. No la encontraba.
–¿Pero
la tienes?
–Sí,
vamos a un lugar más apartado.
Sergio
le hizo un gesto con la mano y ambos se retiraron unas calles más
atrás. Sacó una bolsita de su bolsillo y se la entregó muy
discretamente a su mano.
–¿Cuánto
hay?– preguntó aquél joven.
–Veinte
euros, lo que me pediste.– respondió Sergio.
–De
acuerdo, muchas gracias tío, nos vemos mañana.– dijo finalmente
mientras le daba los veinte euros y se marchaba calle arriba.
Sergio
tomó la dirección contraria al joven. Se dirigía a casa de Jordi,
tenía que hablar con él. Quince minutos más tarde estaba frente al
portal, un tanto oscuro, de Jordi. Buscó entre los timbres el
apellido Montjuich, era el 4ºC. Era la primera vez que Sergio se
pasaba por casa de Jordi, normalmente era Jordi el que pasaba por su
casa.
La
relación entre Sergio y Jordi había cambiado mucho a lo largo de
los meses. Al principio eran simples compañeros de clase; pero poco
a poco fue convirtiéndose en casi un hermano para él. A menudo
solían fumarse unos porros en casa de Sergio mientras jugaban a la
PS3.
Casi todos los fines de semana salían a quemar las discotecas de la
ciudad. Y cada fin de semana volvían a casa con unas chicas
diferentes a las de la semana anterior. Sergio había adquirido una
confianza en él que no había tenido ni con sus amigos de la
infancia, que al fin y al cabo nunca habían estado a su lado. Entre
semana, cuando ambos acababan de trabajar, se dirigían a un pequeño
bar que había a unas manzanas de sus casas. Allí pasaban el rato,
en compañía.
Tocó
al timbre y escuchó la ya familiar voz de Jordi.
–¿Se
puede saber que coño te pasa en la voz Jordi? Anda baja y nos
hacemos unos porros.
–Tío,
está mi abuela de visita, ya otro día.– dijo un poco disgustado
Jordi.
–Vaya
tío, pues nada, cuando se marche o algo me mandas un Whats
App.
–Vale
tío, que te follen.– dijo en plan coña.
Sacó
el móvil del bolsillo y pensó en llamar a alguna amiga, pero en ese
justo momento apareció su hermana por la esquina.
–¡Gilipollas!
¿Qué coño haces aquí bajo con el agua que cae?– preguntó Sara
como si de una verdulera se tratara.
–¿Sabes
algo de mamá?– contestó Sergio.
–No,
lo cierto es que no, hará lo menos unas tres semanas que no habló
con ella.
–Yo
creo que hace ya mes y medio. Deberíamos ir a verla.– dijo Sergio
un poco arrepentido por el hecho de no incluir apenas a su madre en
su nueva vida.
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