Isabel finalmente
tomó una decisión, le dejó irse a vivir, pero antes debería
emanciparse. Ese era el trato. Sergio aceptó.
–¡Sara!– gritó
ansioso Sergio– baja corre, mamá quiere hablar contigo.
–¿Qué quiere?
–Te deja venirte
vivir conmigo.
Sara bajo corriendo
aquellas escaleras. Le dio un enorme abrazo a su madre, estaba muy
feliz.
–Cariño,
prométeme que serás buena con tu hermano.– dijo Isabel.
–Te lo prometo
mamá, Sergio y yo ya hemos hecho un trato, el trabajara y yo me
encargaré de tener limpia la casa.
–Pero, y ésto va
para lo dos, no abandonéis vuestros estudios. Tenéis mucho futuro
por delante.
–Esta bien mamá.
–Te echaré de
menos mi ojito derecho.– dijo Isabel un poco triste.
–Yo también mamá,
también echaré de menos a Andrea y a Dani.
Sara subió a su
habitación y empezó a hacer las maletas. Sergio, mientras, ya había
empezado a llevar sus cosas a la casa en la que ambos vivirían.
Sergio estaba frente
a aquel edificio. La fachada estaba recién pintada, se sabía porque
el color aún brillaba. Abrió aquella pesada puerta, era una
combinación de metal negro y cristal. El portal era muy espacioso y
luminoso, la puerta la dejaba pasar haciendo, de aquello algo mágico.
Cinco peldaños más arriba había un pequeño descansillo. En una de
las paredes habían tres filas de seis buzones cada uno, dos buzones
por cada piso. Olía a barniz. En la pared del fondo estaba la puerta
del ascensor. Sergio era muy deportista, subió a pie. Escalones de
piedra blanca lustraron su vista. En el segundo piso se paró, habían
dos puertas de roble. Sobre una de las puertas ponía, en una placa
metálica, 2ºD. Sacó de nuevo las llaves del bolsillo. Y abrió
aquella puerta. A primera impresión le encantó aquel lugar. Ése
sería su hogar.
Entro en aquella
gran casa que poco se parecía a la que vivía con anterioridad. Es
suelo era una tarima flotante de color oscuro, las paredes estaban
pintadas de colores claros, lo que hacía que la luz que entraba por
las amplias ventanas resaltara mucho más. Nada más entrar había un
pequeño descansillo con dos sillones, una mesa de cristal anclada
con tornillos a la pared y un espejo justo delante de la puerta. Éste
descansillo estaba acompañado de un pasillo. Al fondo del pasillo,
una puerta de cristal con marco de madera lacada en color claro daba
a un amplio comedor también muy iluminado. El mobiliario del comedor
dejaba un poco que desear, pero con el tiempo irían poniéndolo a su
gusto. En la pared de la izquierda había otro pasillo. Éste
conducía a un baño, a mano derecha y a las tres habitaciones de la
casa.
Sergio entró en la
habitación del fondo, que era también la más grande, y dejó sus
cosas. Se tumbó sobre aquel colchón y cerró los ojos. Por un
instante pudo imaginar la cantidad de buenas cosas que les sucederían
a él y a su hermana en aquella casa.
No se podía creer
nada de lo que estaba pasando.
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