jueves, 25 de abril de 2013

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 12.



En principio iba a ser la noche más increíble de su vida. Tenía pensado pegarse un gran fiestón ya que llevaba una racha de malas situaciones en su vida. Sus padres llevaban semanas sin hablarse y las pocas veces que se hablaban acababan a gritos. La situación en casa era insoportable. Y para culminar las preocupaciones de un adolescente salido, le había dejado la novia.

Esa noche salió con los amigos con intención de pasar la mejor noche hasta entonces. Fueron primero al bajo de Marc, siempre solían estar ahí en invierno cuando hacía frío. De la nevera empezaron a salir botellas y más botellas de alcohol y la noche iba mejorando por momentos. Miquel, siempre fiel a sus costumbre, sacó bastante marihuana. Miquel tenía plantación en casa. Serían sobre las doce y media cuando fueron unas amigas al bajo. Sergio no tardó ni diez minutos en comerle los morros a una de ellas. Iba muy borracho en aquel momento pero aún quería más, quería mucho más. Le pidió a Miquel que le diera un porro. Quería probarlo.

Sentía como entre sus manos crecía algo grande. Como, calada tras calada, las preocupaciones disminuían. Era una sensación increíble. Podía reírse de cualquier cosa. Podía sentir que tocaba el cielo solo con mirar el suelo. Se sentía bien consigo mismo.

Cogió del brazo a aquella chica, no recordaba su nombre, y se la llevó al cuarto de baño. Se miró los ojos por un momento en el espejo medio descolgado e iluminado con una tenue luz amarilla. Parecía que de ellos fueran a brotar chorros de sangre. Sacó de su cartera un condón y se lo mostró a aquella chica. Ella lo miró, sus ojos indicaban un «adelante». Lo hicieron, los gemidos de la muchacha se escuchaban por todo el bajo. Media hora más tarde, cuando salieron del baño ya no había nadie en el bajo.
Sergio sacó su móvil y llamó a Marc.

Tío, ¿dónde os habéis metido?– dijo Sergio con la respiración aún alterada.
Ey, tío, estamos en la discoteca esta que abrieron hace dos semanas. ¿Cómo se llamaba? ¿Terro..? ¿Tetr..? Bueno tío tú sabes a cuál me refiero. Os habíamos dejado solos, pensábamos que sería lo mejor. En la mesa tienes la llaves, cierra el bajo y veniros.– dijo Marc tratando de hablar entre los golpes de la música.
Vale tío, enseguida vamos.

Sergio miró a los ojos a aquella jovencita. Estaba exhausta, pero Sergio aún quería más.
Tenemos dos posibilidades nena, ir a esa discoteca, abarrotada de gente y aburrida, o quedarnos aquí y follar cual conejos en celo, tú decides pequeña.– dijo con el plan más chulesco que hasta ahora había mostrado.
Un día normal apostaría por esa idea de follar sin parar, pero ya he dejado tiradas a mis amigas bastante rato...–contestó la chica un poco ruborizada.
Está bien, vayamos a esa estúpida discoteca.

Ambos se dirigieron a aquella discoteca, estaba a poco rato de el bajo de Marc. En apariencia tenía pinta de ser bastante buena, una entrada muy bien iluminada decorada con motivos griegos dejaba a paso a una interminable cola de personas, la mayoría nerviosas por no poder entrar. Un control de 4 seguratas en total velaba por que no entraran menores. Sergio y la muchacha no tuvieron ningún problema, con un DNI falsificado es fácil. El arte de falsificar DNI's es muy sencillo, tan sólo requiso tipex y un estilógrafo de 0,05mm, el resto fue pan comido.

Una vez dentro trato de localizar a sus amigos, pero no podía ponerse a mirar en las 4 salas con la cantidad inmensa de gente que había. Optó por llamar a Marc. «Venga, contesta de una vez» se decía mientras el teléfono comunicaba. Volvió a insistir unas 8 veces más, pero tampoco obtuvo respuesta.

¿Y ahora qué hacemos?– preguntó la muchacha un poco intranquila.
Trata de localizar tú a tus amigas, a lo mejor están con ellos.
Ya lo he intentando.
¿Y bien?
Nada, tampoco contestan. Tal vez se hayan dejado el móvil en el guardarropas, o tal vez no lo oigan por el alto volumen de la música.
Es posible, bueno, ¿qué hacemos?
¿Quieres venirte a mi casa? La tengo libre hasta el martes.
No parece mala idea, pero antes paso por mi casa y cojo algo de ropa y le pongo cualquier escusa a mis padres.

Esa noche empezó el desenfreno de Sergio, no cambio su forma de pensar, esa maduró con el tiempo, pero se convirtió en una persona diferente con las mujeres. Descubrió el placer el sexo por que sí, del folleteo sin amor y pasó de ser un chico tímido y entregado en las relaciones a un chaval de 'aquí te pillo, aquí te follo'. 

viernes, 18 de enero de 2013

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 11.



Desde las ventanas de su habitación se podía ver salir el sol. Serían sobre las 06:30 de un sábado y Sergio no paraba de dar vueltas en la cama. Lo extraño era que se había acostado sobre las tres de la madrugada y era muy pronto para estar despierto. Harto de no poder dormir se levantó. Estaba hecho mierda.

Solo una idea se le pasó por la cabeza en ese momento, un porro. Sacó del segundo cajón de su mesita de noche una bolsita con unos diez euros de hierba y su pitillera metálica.

En otro tiempo esa pitillera había pertenecido a su padre. Era su pitillera favorita, nunca salía de casa sin ella, pero cuando se marchó de casa abandonó toda su vida, incluida esa pitillera. Ahora la pitillera era el único recuerdo que a Sergio le quedaba de su padre.

Cogió del bolsillo izquierdo de su chaqueta un paquete de Camel, sacó un cigarro y lo dejó encima de la mesita de noche. Metió la hierba en el greender y la deshizo bien. Y ya, finalmente se lió el porro. «Me ha salido perfecto» pensó. Se puso los auriculares y se fumó aquel pequeño “imprevisto”. Era hierba de bastante buena calidad, tenía un sabor muy agradable, y por poco que le echaras ya te dejaba bastante ciego. A los diez minutos, y con la canción de Summit de Skrillex, empezaba a sentirse como en las nubes. Lejos ahora quedaban sus preocupaciones y sus males.

Se levantó de la cama y se puso las zapatillas de estar por casa, eran dos cabezas de perros, y se fue a la cocina. Abrió la nevera y revisó lo que había para desayunar, nada bueno, finalmente optó por un Monster. Volvió a su habitación y cogió el móvil y un cenicero, luego se tiró al sofá y encendió la PS3. Jugaba al Black Ops 2 a toda hostia y con la voz puesta por el Home Cinema. No habían pasado ni cinco minutos cuando Sara salió de su habitación gritando.

¡¿PERO TÚ ERES GILIPOLLAS?!– gritó Sara muy mosqueada.
Puede que sí o puede que no. Quién sabrá.– le contestó Sergio con chispa.
¿Ya vas fumado?– preguntó Sara un poco indignada.
No hermanita, yo no fumo.– dijo mientras le daba una calada al porro.
Eh, que te follen un rato. ¡Y baja la voz, subnormal!– gritó mientras volvía a su habitación.

Sergio no le hizo ni puto caso a su hermana y siguió como si nada. Sacó de nuevo su bolsita de hierba, la cantidad iba bajado a gran velocidad, y se lió otro porro. Nada como un ciego para pasar bien el día.

Sergio siempre había sido siempre muy buen chaval, pero poco a poco fue cambiando en muchas cosas. Todo empezó con una noche de Halloween.