Desde
las ventanas de su habitación se podía ver salir el sol. Serían
sobre las 06:30 de un sábado y Sergio no paraba de dar vueltas en la
cama. Lo extraño era que se había acostado sobre las tres de la
madrugada y era muy pronto para estar despierto. Harto de no poder
dormir se levantó. Estaba hecho mierda.
Solo
una idea se le pasó por la cabeza en ese momento, un porro. Sacó
del segundo cajón de su mesita de noche una bolsita con unos diez
euros de hierba y su pitillera metálica.
En
otro tiempo esa pitillera había pertenecido a su padre. Era su
pitillera favorita, nunca salía de casa sin ella, pero cuando se
marchó de casa abandonó toda su vida, incluida esa pitillera. Ahora
la pitillera era el único recuerdo que a Sergio le quedaba de su
padre.
Cogió
del bolsillo izquierdo de su chaqueta un paquete de Camel, sacó un
cigarro y lo dejó encima de la mesita de noche. Metió la hierba en
el greender y la deshizo bien. Y ya, finalmente se lió el
porro. «Me ha salido perfecto» pensó. Se puso los auriculares y se
fumó aquel pequeño “imprevisto”. Era hierba de bastante buena
calidad, tenía un sabor muy agradable, y por poco que le echaras ya
te dejaba bastante ciego. A los diez minutos, y con la canción de
Summit de Skrillex, empezaba a sentirse como en las
nubes. Lejos ahora quedaban sus preocupaciones y sus males.
Se
levantó de la cama y se puso las zapatillas de estar por casa, eran
dos cabezas de perros, y se fue a la cocina. Abrió la nevera y
revisó lo que había para desayunar, nada bueno, finalmente optó
por un Monster. Volvió a su habitación y cogió el móvil y
un cenicero, luego se tiró al sofá y encendió la PS3. Jugaba
al Black Ops 2 a toda hostia y con la voz puesta por el Home
Cinema. No habían pasado ni cinco minutos cuando Sara salió de
su habitación gritando.
–¡¿PERO
TÚ ERES GILIPOLLAS?!– gritó Sara muy mosqueada.
–Puede
que sí o puede que no. Quién sabrá.– le contestó Sergio con
chispa.
–¿Ya
vas fumado?– preguntó Sara un poco indignada.
–No
hermanita, yo no fumo.– dijo mientras le daba una calada al porro.
–Eh,
que te follen un rato. ¡Y baja la voz, subnormal!– gritó mientras
volvía a su habitación.
Sergio
no le hizo ni puto caso a su hermana y siguió como si nada. Sacó de
nuevo su bolsita de hierba, la cantidad iba bajado a gran velocidad,
y se lió otro porro. Nada como un ciego para pasar bien el día.
Sergio
siempre había sido siempre muy buen chaval, pero poco a poco fue
cambiando en muchas cosas. Todo empezó con una noche de Halloween.
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