viernes, 18 de enero de 2013

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 11.



Desde las ventanas de su habitación se podía ver salir el sol. Serían sobre las 06:30 de un sábado y Sergio no paraba de dar vueltas en la cama. Lo extraño era que se había acostado sobre las tres de la madrugada y era muy pronto para estar despierto. Harto de no poder dormir se levantó. Estaba hecho mierda.

Solo una idea se le pasó por la cabeza en ese momento, un porro. Sacó del segundo cajón de su mesita de noche una bolsita con unos diez euros de hierba y su pitillera metálica.

En otro tiempo esa pitillera había pertenecido a su padre. Era su pitillera favorita, nunca salía de casa sin ella, pero cuando se marchó de casa abandonó toda su vida, incluida esa pitillera. Ahora la pitillera era el único recuerdo que a Sergio le quedaba de su padre.

Cogió del bolsillo izquierdo de su chaqueta un paquete de Camel, sacó un cigarro y lo dejó encima de la mesita de noche. Metió la hierba en el greender y la deshizo bien. Y ya, finalmente se lió el porro. «Me ha salido perfecto» pensó. Se puso los auriculares y se fumó aquel pequeño “imprevisto”. Era hierba de bastante buena calidad, tenía un sabor muy agradable, y por poco que le echaras ya te dejaba bastante ciego. A los diez minutos, y con la canción de Summit de Skrillex, empezaba a sentirse como en las nubes. Lejos ahora quedaban sus preocupaciones y sus males.

Se levantó de la cama y se puso las zapatillas de estar por casa, eran dos cabezas de perros, y se fue a la cocina. Abrió la nevera y revisó lo que había para desayunar, nada bueno, finalmente optó por un Monster. Volvió a su habitación y cogió el móvil y un cenicero, luego se tiró al sofá y encendió la PS3. Jugaba al Black Ops 2 a toda hostia y con la voz puesta por el Home Cinema. No habían pasado ni cinco minutos cuando Sara salió de su habitación gritando.

¡¿PERO TÚ ERES GILIPOLLAS?!– gritó Sara muy mosqueada.
Puede que sí o puede que no. Quién sabrá.– le contestó Sergio con chispa.
¿Ya vas fumado?– preguntó Sara un poco indignada.
No hermanita, yo no fumo.– dijo mientras le daba una calada al porro.
Eh, que te follen un rato. ¡Y baja la voz, subnormal!– gritó mientras volvía a su habitación.

Sergio no le hizo ni puto caso a su hermana y siguió como si nada. Sacó de nuevo su bolsita de hierba, la cantidad iba bajado a gran velocidad, y se lió otro porro. Nada como un ciego para pasar bien el día.

Sergio siempre había sido siempre muy buen chaval, pero poco a poco fue cambiando en muchas cosas. Todo empezó con una noche de Halloween.

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