Se
acercó a la ventana, tenía vistas a una gran avenida, y miró a
través de esos cristales un poco escarchados por el frío. Por la
calle se veían a pequeñas personas, vistas desde ése segundo piso,
con paraguas; el tránsito de coches era el habitual, ni más ni
menos, era un vía bastante transitada. Apartó la vista de la
ventana y la posó sobre una mesa de cristal. Miró el reloj primero.
Sara aún tardaría en llegar. Y solo después de esta comprobación
cogió el paquete de Camel que había sobre la mesa. Abrió la
cajetilla y sacó un cigarro. Por un momento pensó que había cogido
el que solía poner del revés, pero no fue así. Sacó de su
bolsillo trasero un mechero rojo, tenía la manía de que siempre
fuera del mismo color. Se acercó de nuevo a la ventana, y esta vez
contemplando el grisáceo cielo, se encendió el cigarrillo.
Se
podría decir que era de noche, pero no, aún eran las cinco y media
de la tarde, simplemente el cielo estaba más oscuro de lo normal.
Abrió un poco la ventana, para que pudiera salir el humo del
cigarrillo. Hacía mucho frío por lo que se vio obligado a cerrarla
de nuevo. Cogió el mando de la tele y se sentó en el sofá tapizado
con un color rojo.
Durante
unos minutos hizo zapping pero no hacían nada bueno. Siempre la
misma mierda de programas del corazón. Se iba a levantar a por el
mando del home cinema cuando recibió una llamada en el móvil. Tardó
bastante rato en contestar, adoraba su tono de llamada.
–Dime.–
dijo él como pasando del tema.
–¿Podemos
quedar esta tarde?– respondió una voz detrás del teléfono.
–¿Para?–
replicó.
–Para
lo de siempre.– dijo la voz con un tono de súplica.
–Está
bien, a las seis y media en el mismo sitio de siempre.– dijo no muy
convencido aún.
–Vale,
nos vemos luego.
Sergio
miró la hora, las seis menos cuarto, «¿Me
dará tiempo a ducharme?»,
pensó. Recapacitó unos minutos y se metió en la ducha.
Notaba
el agua caliente caer por sus músculos ya marcados tras meses de
gimnasio. No había mejor sensación que una buena ducha en los días
fríos. Tras unos quince minutos salió de la ducha. El cristal
estaba completamente empañado. Quitó el vaho con la mano, se miró
al espejo y se peinó con la mano su coqueta cresta. Buscó con la
mirada la toalla, pero no la vio ningún lado. Salió desnudo de
aquel baño y se dirigió a su habitación. Abrió una de las puertas
del armario y sacó una toalla blanca. En los bajos de la toalla
estaba bordado el nombre Mont
Blanch,
la habían “cogido prestada” de un hotel del pirineo catalán.
Fue el último viaje que hizo con su familia al completo. Se
envolvió en la toalla y se quedó sentado al borde de la cama. Se
secó bien y sacó del armario sus Levis,
una camiseta que había comprado en Pull
and Bear y las Vans
rojas. Y ahora sí, encendió la radio. Mientras se vestía cantaba
esa canción que escuchaba siempre que salía de fiesta. Esa canción
que le daba fuerzas para aguantar un rato más.
Volvió
a mirar el reloj, las seis y veinte. Se puso rápidamente los
calcetines blancos y las Vans
y salió de casa apresurado. Le quedaban aún diez minutos de camino
mínimo. Ya estaba casi saliendo cuando la lluvia le obligó a subir
a por un paraguas. Subió corriendo aquellos 56 escalones. Abrió la
puerta y cogió el paraguas rojo de su hermana. Bajó de nuevo las
escaleras corriendo y, esta vez sí, se dirigió al lugar acordado.
Voy a tenerme que leer todos los fascículos anteriores (el sistema de 'entregas' no es el más acertado para un blog) si quiero disfrutar plenamente de la historia. En cualquier caso, muy bien escrito.
ResponderEliminarGracias por la actualización.
De nada, y ya sabes que puedes dar cualquier sugerencia. Y lo que es el blog lo iré poniendo en orden con el tiempo, no hace mucho que lo tengo.
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