Sergio caminaba por las calles pancarta
en mano. Protestaban por las situaciones que en ése país se estaba
viviendo. Se sentía un poco ahogado, decenas de miles de personas
unidas por la misma causa, colapsaban las calles de aquella gran
ciudad.
Lejos de todo aquello el gobierno se
reía de los ciudadanos. La policía cargaba contra los más jóvenes,
lo más indefensos.
Sergio decidió que ya era hora de
regresar a su casa, su madre estaría preocupada por él. Ya era casi
la hora de comer. Le dio la pancarta que llevaba a un hombre mayor
que había a su lado. Éste le sonrió encantado.
Sergio se dirigió hacia su casa aunque
era difícil salir de tal aglomeración. Pasaron sobre diez minutos
hasta que pudo salir de aquel alboroto de personas. Sacó de su
mochila gris, la cual colgaba durante la protesta de su espalda, un
monopatín un tanto desgastado. Se enfiló por las calles hasta
llegar a una pequeña boca de metro. Fue solo en eses momento cuando
descendió de su monopatín y lo volvió a guardar. Habían pasado
otros cinco minutos más.
Sacó del bolsillo derecho de su
pantalón un abono para familias numerosas. Pasó ésta por el lector
y se sentó en un banco a la espera de que llegará el metro. Pasaron
aproximadamente dos minutos. Subió a éste. No le gustaba mucho
estar apretujado, así que se puso en un asiento casi al lado del
cambio de vagón. Solo había un hombre mayor, medio dormido, sentado
cerca.
Quedaban apenas dos paradas para que
tuviera que bajar de aquel maloliente vagón cuando, de pronto, una
chica se cambió de vagón. Se sentó justo en frente de Sergio.
Sergio la miró, primero
disimuladamente. La joven estaba leyendo un libro. Sergio, tras
apreciar que la muchacha estaba absorta en su lectura, la miró de
nuevo, esta vez con menos disimulo.
Era una muchacha muy bella, de piel más
fina que los pétalos de las mismísimas rosas, labios gruesos y una
boca pequeña, que se movían al ritmo de la lectura, sus ojos eran
verdes, si los mirabas fijamente parecía que te hipnotizarán poco
a poco. Lo que más le llamo la atención a Sergio era su pelo.
Parecía como una bocanada de otoño en pleno verano. Lo llevaba
recogido con una pinza, era despeinado a la vez que sensual. Sin duda
era la mujer más bella que jamás había visto.
Cuando vio que solo quedaba una
estación para llegar a su parada se apresuró a hablar con ella.
–Hola.–
dijo el un poco nervioso a la par que ansioso de que ella le
contestara.
No hay comentarios:
Publicar un comentario