sábado, 21 de julio de 2012

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 1.



Sergio caminaba por las calles pancarta en mano. Protestaban por las situaciones que en ése país se estaba viviendo. Se sentía un poco ahogado, decenas de miles de personas unidas por la misma causa, colapsaban las calles de aquella gran ciudad.

Lejos de todo aquello el gobierno se reía de los ciudadanos. La policía cargaba contra los más jóvenes, lo más indefensos.

Sergio decidió que ya era hora de regresar a su casa, su madre estaría preocupada por él. Ya era casi la hora de comer. Le dio la pancarta que llevaba a un hombre mayor que había a su lado. Éste le sonrió encantado.

Sergio se dirigió hacia su casa aunque era difícil salir de tal aglomeración. Pasaron sobre diez minutos hasta que pudo salir de aquel alboroto de personas. Sacó de su mochila gris, la cual colgaba durante la protesta de su espalda, un monopatín un tanto desgastado. Se enfiló por las calles hasta llegar a una pequeña boca de metro. Fue solo en eses momento cuando descendió de su monopatín y lo volvió a guardar. Habían pasado otros cinco minutos más.

Sacó del bolsillo derecho de su pantalón un abono para familias numerosas. Pasó ésta por el lector y se sentó en un banco a la espera de que llegará el metro. Pasaron aproximadamente dos minutos. Subió a éste. No le gustaba mucho estar apretujado, así que se puso en un asiento casi al lado del cambio de vagón. Solo había un hombre mayor, medio dormido, sentado cerca.

Quedaban apenas dos paradas para que tuviera que bajar de aquel maloliente vagón cuando, de pronto, una chica se cambió de vagón. Se sentó justo en frente de Sergio.

Sergio la miró, primero disimuladamente. La joven estaba leyendo un libro. Sergio, tras apreciar que la muchacha estaba absorta en su lectura, la miró de nuevo, esta vez con menos disimulo.

Era una muchacha muy bella, de piel más fina que los pétalos de las mismísimas rosas, labios gruesos y una boca pequeña, que se movían al ritmo de la lectura, sus ojos eran verdes, si los mirabas fijamente parecía que te hipnotizarán poco a poco. Lo que más le llamo la atención a Sergio era su pelo. Parecía como una bocanada de otoño en pleno verano. Lo llevaba recogido con una pinza, era despeinado a la vez que sensual. Sin duda era la mujer más bella que jamás había visto.

Cuando vio que solo quedaba una estación para llegar a su parada se apresuró a hablar con ella.

–Hola.– dijo el un poco nervioso a la par que ansioso de que ella le contestara. 

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