lunes, 23 de julio de 2012

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 5.


Entró por la puerta de su casa, su madre lo estaba esperando. Se sentó junto a su madre.

–¿Ha vuelto papá?– formuló él, aunque ya sin esperanzas.
–Ya sabes, no.– tampoco ella tenía ya esperanzas.– Bueno cuéntame, ¿qué te han dicho del trabajo?– continuó.

Sergio le explico la magia de aquel lugar. Le contó la historia sobre la que se había levantado ese sitio. Como el padre de Luis creyó en el sueño de hacer que todos pudieran acceder a la lectura, al conocimiento. Incluso si no tenían dinero. Se podía ver en los ojos de su madre que le hubiera haber estado en ese lugar.

Se hizo un silencio incómodo. Isabel tragó saliva. Esperaba malas noticias.

–Me han cogido, empiezo el miércoles.– dijo finalmente Sergio.
–Pero eso es mañana.– dijo entre lágrimas su madre.

Era una gran noticia que Sergio trabajara, pero su madre sabría que él querría su libertad, así que ella decidió empezar a limpiar alguna que otra casa y poder así ganar su propio dinero.

Sergio se fue a su cuarto, estaba cansado. Lo peor de todo era que aún no era ni medio día. Sara irrumpió en su habitación.

–Te he oído hablar con mamá.– dijo ella.
–Suponía que se habría enterado ya todo el mundo.– dejó caer él.
–Es una gran noticia, ¿no crees?– dijo ella finalmente ignorando el comentario de su hermano.
–Sí, supongo que sí. Lo malo es que el trabajo es en la ciudad y me voy a gastar más dinero en ir y volver que lo que voy a ganar.
Sara reflexionó sobre lo que Sergio había dicho.
–¿No estarás pensando en irte a vivir allí?– preguntó ella finalmente.
–No estoy seguro, si dejó a mamá sola no podrá manteneros a todos. Tus llamadas de teléfono son muy caras.– bromeó él.
–Prométeme una cosa, ¿vale?
–¿De qué se trata?– dijo él sin esperarse de lo que iba a decir su hermana.
–Prométeme que si te vas a vivir a la ciudad me llevarás contigo. Por el instituto no hay problema voy a el tuyo. Ya sabes, en la ciudad.
–Trato hecho, pero con una condición. Yo te llevaré conmigo, pero nada de fiestas, sin mi permiso, y te encargarás de limpiar la casa.

Los dos hermanos se miraron. Ése era el trato. Sara concluyó la conversación con un «vete a la ducha, apestas». Sergio por primera vez en su vida le obedeció. 

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