Entró
por la puerta de su casa, su madre lo estaba esperando. Se sentó
junto a su madre.
–¿Ha
vuelto papá?– formuló él, aunque ya sin esperanzas.
–Ya
sabes, no.– tampoco ella tenía ya esperanzas.– Bueno cuéntame,
¿qué te han dicho del trabajo?– continuó.
Sergio
le explico la magia de aquel lugar. Le contó la historia sobre la
que se había levantado ese sitio. Como el padre de Luis creyó en el
sueño de hacer que todos pudieran acceder a la lectura, al
conocimiento. Incluso si no tenían dinero. Se podía ver en los ojos
de su madre que le hubiera haber estado en ese lugar.
Se
hizo un silencio incómodo. Isabel tragó saliva. Esperaba malas
noticias.
–Me
han cogido, empiezo el miércoles.– dijo finalmente Sergio.
–Pero
eso es mañana.– dijo entre lágrimas su madre.
Era
una gran noticia que Sergio trabajara, pero su madre sabría que él
querría su libertad, así que ella decidió empezar a limpiar alguna
que otra casa y poder así ganar su propio dinero.
Sergio
se fue a su cuarto, estaba cansado. Lo peor de todo era que aún no
era ni medio día. Sara irrumpió en su habitación.
–Te
he oído hablar con mamá.– dijo ella.
–Suponía
que se habría enterado ya todo el mundo.– dejó caer él.
–Es
una gran noticia, ¿no crees?– dijo ella finalmente ignorando el
comentario de su hermano.
–Sí,
supongo que sí. Lo malo es que el trabajo es en la ciudad y me voy a
gastar más dinero en ir y volver que lo que voy a ganar.
Sara
reflexionó sobre lo que Sergio había dicho.
–¿No
estarás pensando en irte a vivir allí?– preguntó ella
finalmente.
–No
estoy seguro, si dejó a mamá sola no podrá manteneros a todos. Tus
llamadas de teléfono son muy caras.– bromeó él.
–Prométeme
una cosa, ¿vale?
–¿De
qué se trata?– dijo él sin esperarse de lo que iba a decir su
hermana.
–Prométeme
que si te vas a vivir a la ciudad me llevarás contigo. Por el
instituto no hay problema voy a el tuyo. Ya sabes, en la ciudad.
–Trato
hecho, pero con una condición. Yo te llevaré conmigo, pero nada de
fiestas, sin mi permiso, y te encargarás de limpiar la casa.
Los
dos hermanos se miraron. Ése era el trato. Sara concluyó la
conversación con un «vete
a la ducha, apestas».
Sergio por primera vez en su vida le obedeció.
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