Su
madre, en cierta forma, sabía la respuesta a aquella pregunta. Pero
le daba miedo enfrentarse a la realidad. Así que optó por hacer lo
que más fácil le era.
–Va,
comed, que se os enfriará el arroz.– añadió ella ignorando por
completo la pregunta.–Si tenéis más hambre os hago un huevo
frito, de todas formas de postre hay fruta. Nos la ha dado el señor
Tomás.– continuó ella cambiando así por completo de tema.
La
comida se siguió del más incómodo de los silencios. Había tal
tensión en el aire que era como si te ahogase una soga. Ese silencio
era más molesto incluso que el chirrido que hacían unas uñas al
rallar una pizarra.
Solo
una cosa pudo romper ese silencio. Dani derramó su vaso de agua
sobre la mesa. Toda la familia se miró inquieta, muy nerviosos
todos. Pero esta vez no pasaba nada, su padre no estaba ahí.
Su
padre se llamaba Juan, tenía 43 años. La mayor parte del tiempo se
la pasaba fuera. Era muy poco social. Era de un carácter muy fuerte,
agresivo más bien. Consumía drogas, no regularmente pero si a
menudo. Trabajaba en un pequeño taller, aunque eso no daba mucho
dinero. Conseguía dinero traficando. Solía pegar mucho a su esposa,
aunque sus hijos no le perdían el respeto por ello. No sabían nada.
Sergio
se levantó de la mesa, solo quedaba ya Sara. Se dirigió a la cocina
y fregó los platos. Se repartían siempre las tareas entre los
hermanos. Cuando finalizó subió de nuevo a su habitación y sacó
un libro de su mugrosa mochila gris. Trató de leer, pero le era casi
imposible. No podía concentrarse, sus pensamientos se lo impedían.
Se sentía mal por la situación que estaban pasando, desde que su
padre no estaba no entraba dinero a casa. Sabía que su padre seguí
yendo a trabajar pero ese dinero su madre no lo vería. Finalmente
tuvo clara la solución. Tenía que encontrar un trabajo. La palabra
imposible.
Habló
con su madre sobre el tema, a ella le parecía bien. Aunque prefería
que no fuera él quien trabajara, sino ella misma.
Sergio
no le hizo caso, decidió que era hora de buscar trabajo. Guardó el
libro de nuevo en su mochila. Se cambió de ropa. Se enfundó unos
tejanos, unas bambas y una camiseta gris con un eslogan ingenioso. Se
despeinó un poco la cresta. Cogió la mochila. Y se marchó.
Subió
de nuevo al metro y se dirigió a la ciudad. Paseó por distintas
cafeterías y bares echando curriculums. Necesitaría un buen golpe
de suerte.
Pasaron
los días pero no recibía ninguna noticia de los trabajos.
–¿Habré
puesto mal mi número de teléfono?– pensó.
Tras
una larga espera recibió la tan esperada llamada. Era ya un poco
tarde, casi era la hora del crepúsculo. Era del café Reunión de
Poetas. Querían entrevistarle. Sergio muy emocionado aceptó
entrevistarse al día siguiente. La horas siguientes se le hicieron
eternas. Pero debía dormir, tenía que estar fresco.
A
la mañana siguiente se levantó un poco después del alba y se
dirigió al que esperaba que fuera su trabajo.
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