domingo, 22 de julio de 2012

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 3.


Su madre, en cierta forma, sabía la respuesta a aquella pregunta. Pero le daba miedo enfrentarse a la realidad. Así que optó por hacer lo que más fácil le era.

Va, comed, que se os enfriará el arroz.– añadió ella ignorando por completo la pregunta.–Si tenéis más hambre os hago un huevo frito, de todas formas de postre hay fruta. Nos la ha dado el señor Tomás.– continuó ella cambiando así por completo de tema.

La comida se siguió del más incómodo de los silencios. Había tal tensión en el aire que era como si te ahogase una soga. Ese silencio era más molesto incluso que el chirrido que hacían unas uñas al rallar una pizarra.

Solo una cosa pudo romper ese silencio. Dani derramó su vaso de agua sobre la mesa. Toda la familia se miró inquieta, muy nerviosos todos. Pero esta vez no pasaba nada, su padre no estaba ahí.

Su padre se llamaba Juan, tenía 43 años. La mayor parte del tiempo se la pasaba fuera. Era muy poco social. Era de un carácter muy fuerte, agresivo más bien. Consumía drogas, no regularmente pero si a menudo. Trabajaba en un pequeño taller, aunque eso no daba mucho dinero. Conseguía dinero traficando. Solía pegar mucho a su esposa, aunque sus hijos no le perdían el respeto por ello. No sabían nada.

Sergio se levantó de la mesa, solo quedaba ya Sara. Se dirigió a la cocina y fregó los platos. Se repartían siempre las tareas entre los hermanos. Cuando finalizó subió de nuevo a su habitación y sacó un libro de su mugrosa mochila gris. Trató de leer, pero le era casi imposible. No podía concentrarse, sus pensamientos se lo impedían. Se sentía mal por la situación que estaban pasando, desde que su padre no estaba no entraba dinero a casa. Sabía que su padre seguí yendo a trabajar pero ese dinero su madre no lo vería. Finalmente tuvo clara la solución. Tenía que encontrar un trabajo. La palabra imposible.

Habló con su madre sobre el tema, a ella le parecía bien. Aunque prefería que no fuera él quien trabajara, sino ella misma.

Sergio no le hizo caso, decidió que era hora de buscar trabajo. Guardó el libro de nuevo en su mochila. Se cambió de ropa. Se enfundó unos tejanos, unas bambas y una camiseta gris con un eslogan ingenioso. Se despeinó un poco la cresta. Cogió la mochila. Y se marchó.

Subió de nuevo al metro y se dirigió a la ciudad. Paseó por distintas cafeterías y bares echando curriculums. Necesitaría un buen golpe de suerte.

Pasaron los días pero no recibía ninguna noticia de los trabajos.

¿Habré puesto mal mi número de teléfono?– pensó.

Tras una larga espera recibió la tan esperada llamada. Era ya un poco tarde, casi era la hora del crepúsculo. Era del café Reunión de Poetas. Querían entrevistarle. Sergio muy emocionado aceptó entrevistarse al día siguiente. La horas siguientes se le hicieron eternas. Pero debía dormir, tenía que estar fresco.

A la mañana siguiente se levantó un poco después del alba y se dirigió al que esperaba que fuera su trabajo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario