Llegó
delante de aquel café. Un cartel de neón azul, celeste, aunque no
estaba muy seguro, coronaba la puerta. En él se podía leer Reunión
de Poetas.
Entró
en aquel lugar, estaba sumido en el silencio. Las paredes estaban
repletas de estanterías. Cientos de miles de libros lucían en
ellas. Era muy temprano, poca gente había allí en ese momento. Una
gran sala llena de mesas y sillas, sofás. Un segundo piso, un poco
más bajo de lo normal, contenía más sillones, mesas y, por
supuesto, libros. Desde este segundo piso se podía contemplar, como
si de un balcón interno se tratase, todo el lugar. Desde la puerta
de entrada, la barra e incluso la puerta de entrada a los baños.
Se
dirigió a la barra, pidió un taza de té. Estuvo hablando escasos
con la camarera. Era muy simpática. A primera vista, Sergio pensó
que trabaría muy buena amistad con ella.
–Disculpa,
¿sabes si tu jefe tardará mucho en venir?– le preguntó a
Claudia.
–No
creo, mientras tanto siéntate y lee un libro, te hará estar más
relajado.– contestó ella mientras salía de la barra con el taza
en la mano.
Claudia
le dejó la taza en una de las mesas. Sergio se dirigió a las
estanterías que habían detrás de él. Cogió unos cuantos libros.
Sobre seis. Ojeó sus contraportadas. Al abrir alguno de los libros
pudo observar que en el interior habían nombres y alguna
dedicatoria. Al parecer todos esos libros habían sido prestados por
la gente. Era como intercambiarlos, pero con la seguridad de que tu
libro estará en buenas manos. Algunos de ellos estaban repetidos.
Finalmente se decantó por una novela de misterio.
Antes
si quiera de que pudiera leer la dedicatoria que en ese libro había
escrito entró el dueño del lugar por la puerta.
–Acompáñeme
a mi despacho, Sergio.– dijo el hombre con un poco de prisa.
Sergio
y Luis, el dueño del café, subieron al segundo piso. Sergio se paró
un momento a contemplar la vista desde la barandilla metálica que
había.
–Bonito,
¿verdad?– interrumpió Luis.
–Sí,
es precioso, se respira mucha paz aquí. Tiene usted una colección
gigantesca de libros.
–Lo
cierto es que ninguno son míos. Cuando mi padre abrió éste lugar,
tras la guerra civil, empezó a venir mucha gente. Cada uno traía su
libro, se sentaba, pedía algo de tomar y se sumía en su más
profunda imaginación. Poco a poco se fue cogiendo la costumbre de
dejar aquí los libros y así poder cambiarlos de forma gratuita. Fue
una revolución, todo el mundo tenía acceso a la lectura libre. No
importaba el dinero que se tuviese. Y aún hoy seguimos con la
tradición. Millones de personas han pasado por estos sillones.
Se
notaba en la mirada de Luis que estaba orgulloso de lo que su padre
había hecho en ese sitio. Estaba muy pagado con ése lugar. Ambos
entraron en el pequeño despacho que había en la segunda planta.
Luis cerró la puerta tras ellos.
Claudia
no daba a basto, el café estaba lleno de gente. No paraba de servir
tés y cafés. Aunque el silencio seguía. Era el lugar perfecto para
concentrarse.
Pasó
aproximadamente una hora cuando la puerta del despacho se volvió a
abrir.
Sergio
salió de aquel despacho. Se despidió de Claudia. Y se dirigió a
su casa.
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