lunes, 23 de julio de 2012

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 4.



Llegó delante de aquel café. Un cartel de neón azul, celeste, aunque no estaba muy seguro, coronaba la puerta. En él se podía leer Reunión de Poetas.

Entró en aquel lugar, estaba sumido en el silencio. Las paredes estaban repletas de estanterías. Cientos de miles de libros lucían en ellas. Era muy temprano, poca gente había allí en ese momento. Una gran sala llena de mesas y sillas, sofás. Un segundo piso, un poco más bajo de lo normal, contenía más sillones, mesas y, por supuesto, libros. Desde este segundo piso se podía contemplar, como si de un balcón interno se tratase, todo el lugar. Desde la puerta de entrada, la barra e incluso la puerta de entrada a los baños.

Se dirigió a la barra, pidió un taza de té. Estuvo hablando escasos con la camarera. Era muy simpática. A primera vista, Sergio pensó que trabaría muy buena amistad con ella.

Disculpa, ¿sabes si tu jefe tardará mucho en venir?– le preguntó a Claudia.
No creo, mientras tanto siéntate y lee un libro, te hará estar más relajado.– contestó ella mientras salía de la barra con el taza en la mano.

Claudia le dejó la taza en una de las mesas. Sergio se dirigió a las estanterías que habían detrás de él. Cogió unos cuantos libros. Sobre seis. Ojeó sus contraportadas. Al abrir alguno de los libros pudo observar que en el interior habían nombres y alguna dedicatoria. Al parecer todos esos libros habían sido prestados por la gente. Era como intercambiarlos, pero con la seguridad de que tu libro estará en buenas manos. Algunos de ellos estaban repetidos. Finalmente se decantó por una novela de misterio.

Antes si quiera de que pudiera leer la dedicatoria que en ese libro había escrito entró el dueño del lugar por la puerta.

Acompáñeme a mi despacho, Sergio.– dijo el hombre con un poco de prisa.

Sergio y Luis, el dueño del café, subieron al segundo piso. Sergio se paró un momento a contemplar la vista desde la barandilla metálica que había.

Bonito, ¿verdad?– interrumpió Luis.
Sí, es precioso, se respira mucha paz aquí. Tiene usted una colección gigantesca de libros.
Lo cierto es que ninguno son míos. Cuando mi padre abrió éste lugar, tras la guerra civil, empezó a venir mucha gente. Cada uno traía su libro, se sentaba, pedía algo de tomar y se sumía en su más profunda imaginación. Poco a poco se fue cogiendo la costumbre de dejar aquí los libros y así poder cambiarlos de forma gratuita. Fue una revolución, todo el mundo tenía acceso a la lectura libre. No importaba el dinero que se tuviese. Y aún hoy seguimos con la tradición. Millones de personas han pasado por estos sillones.

Se notaba en la mirada de Luis que estaba orgulloso de lo que su padre había hecho en ese sitio. Estaba muy pagado con ése lugar. Ambos entraron en el pequeño despacho que había en la segunda planta. Luis cerró la puerta tras ellos.

Claudia no daba a basto, el café estaba lleno de gente. No paraba de servir tés y cafés. Aunque el silencio seguía. Era el lugar perfecto para concentrarse.

Pasó aproximadamente una hora cuando la puerta del despacho se volvió a abrir.

Sergio salió de aquel despacho. Se despidió de Claudia. Y se dirigió a su casa. 

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