domingo, 22 de julio de 2012

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 2.



Hola.– contestó ella aún absorta en su lectura.

Sergio no sabía que más decir. Finalmente, decidió hablar sobre el libro que la joven estaba leyendo.

¿Qué libro es?– añadió Sergio poco seguro de lo que decía.
Marina.– añadió ella sin muchos rodeos.
Gran escritor, Ruiz Zafón.– concluyó finalmente él.

Antes de que pudiera volver si quiera a formularle otra pregunta, el metro ya había parado y Sergio tuvo que bajar. Se despidió de la muchacha con un simple «encantado».

Bajó apresurado de aquel sucio vagón y volvió a sacar de su mochila aquel desgastado monopatín. Poco a poco fue recorriendo las calles de aquel pueblo cercano a la gran ciudad. Y con el transcurso de éstas llegó a una pequeña zona. Parecía como muerta. Las calles habían pasado de ser amplias a ser simples callejones estrechos. En algunos de los portales habían plantas y flores, en otros simplemente oscuridad. Una pequeña taberna donde se reunían los ancianos, o tercera edad, como a Sergio le gustaba llamarlos, era la única escapatoria de aquel infierno en tierra. Y al final de todo aquello. Justo a lado de un descampado lleno de hierbajos, vivía él.

Llegó a su casa, un poco decepcionado por no haber podido hablar más con aquella bella muchacha. Cruzó el umbral de lo que él consideraba su hogar, que, por el tiempo, había perdido toda su magia. Y formuló a su madre la misma pregunta que le hacía todos los días al llegar a su casa.

¿Ha vuelto papá?
No Sergio, aún no.– respondió su madre con el mismo tono de desilusión que mantenía desde hacía unos días atrás.

Sergio se enfiló por las escaleras y se dirigió a su dormitorio. Se sentó en el mismo lugar al lado de la ventana y encendió la radio.

Poco después, y muy alborotada, entró su hermana a esa habitación sumida por la penumbra de unas persianas bajadas.

¡Baja la voz, idiota!– gritó ella desde la puerta.
Déjame en paz Sara, no estoy para juegos.– protestó él un poco desganado de peleas.

Sara salió de la habitación y prosiguió hablando por teléfono. Sergio volvió de nuevo a pensar en su padre. Hacía más de una semana que se había marchado de casa tras una acalorada discusión con su madre. No había forma de localizarlo.

Mientras, en la radio, sonaba su canción favorita, In Bloom, de Nirvana. Empezó a cantar la letra de aquella canción. Pero justo cuando llegaba su parte favorita se oyó un grito desde debajo de la escalera.

¡A comer!– gritaba su madre enérgicamente.

Desde el final del pasillo se oía como su hermano pequeño, Dani, preguntaba que había para comer. La respuesta era arroz. No podían permitirse grandes lujos ahora que su padre no estaba en casa.

¿Otra vez arroz?– protestó Andrea.
Menos da una piedra.– dijo su madre a la vez que sacaba los platos a la mesa.

Sergio bajó las escaleras y se dirigió a el comedor. Se sentó en el sitio de Dani, ya que éste había invadido su lugar. Como cada día, su madre, muy devota, hizo a la familia rezar juntos. Sergio detestaba éstas prácticas, pero tenía que aguantarse. Su madre esperaba que rezando el Señor oyera sus plegarias y hiciera que su marido regresara pronto.

Sergio era ateo al igual que su hermana Sara. Tan solo se llevaban un año y tres meses. A sus 16 años y 15 años, él y ella, respectivamente, tenían una visión del mundo diferente a la de sus dos hermanos más pequeños.

Su madre, Isabel, empezó a servir los platos en silencio cuando de pronto, Andrea, la más pequeña, formuló la pregunta a la que todos deseaban ansiosos que tuviera una respuesta.

Mamá, ¿por qué se fue papá?– preguntó ella sumida en un todo angelical. 

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