–Hola.–
contestó ella aún absorta en su lectura.
Sergio
no sabía que más decir. Finalmente, decidió hablar sobre el libro
que la joven estaba leyendo.
–¿Qué
libro es?– añadió Sergio poco seguro de lo que decía.
–Marina.–
añadió ella sin muchos rodeos.
–Gran
escritor, Ruiz Zafón.– concluyó finalmente él.
Antes
de que pudiera volver si quiera a formularle otra pregunta, el metro
ya había parado y Sergio tuvo que bajar. Se despidió de la muchacha
con un simple «encantado».
Bajó
apresurado de aquel sucio vagón y volvió a sacar de su mochila
aquel desgastado monopatín. Poco a poco fue recorriendo las calles
de aquel pueblo cercano a la gran ciudad. Y con el transcurso de
éstas llegó a una pequeña zona. Parecía como muerta. Las calles
habían pasado de ser amplias a ser simples callejones estrechos. En
algunos de los portales habían plantas y flores, en otros
simplemente oscuridad. Una pequeña taberna donde se reunían los
ancianos, o tercera edad, como a Sergio le gustaba llamarlos, era la
única escapatoria de aquel infierno en tierra. Y al final de todo
aquello. Justo a lado de un descampado lleno de hierbajos, vivía él.
Llegó
a su casa, un poco decepcionado por no haber podido hablar más con
aquella bella muchacha. Cruzó el umbral de lo que él consideraba su
hogar, que, por el tiempo, había perdido toda su magia. Y formuló a
su madre la misma pregunta que le hacía todos los días al llegar a
su casa.
–¿Ha
vuelto papá?
–No
Sergio, aún no.– respondió su madre con el mismo tono de
desilusión que mantenía desde hacía unos días atrás.
Sergio
se enfiló por las escaleras y se dirigió a su dormitorio. Se sentó
en el mismo lugar al lado de la ventana y encendió la radio.
Poco
después, y muy alborotada, entró su hermana a esa habitación
sumida por la penumbra de unas persianas bajadas.
–¡Baja
la voz, idiota!– gritó ella desde la puerta.
–Déjame
en paz Sara, no estoy para juegos.– protestó él un poco desganado
de peleas.
Sara
salió de la habitación y prosiguió hablando por teléfono. Sergio
volvió de nuevo a pensar en su padre. Hacía más de una semana que
se había marchado de casa tras una acalorada discusión con su
madre. No había forma de localizarlo.
Mientras,
en la radio, sonaba su canción favorita, In Bloom, de Nirvana.
Empezó a cantar la letra de aquella canción. Pero justo cuando
llegaba su parte favorita se oyó un grito desde debajo de la
escalera.
–¡A
comer!– gritaba su madre enérgicamente.
Desde
el final del pasillo se oía como su hermano pequeño, Dani,
preguntaba que había para comer. La respuesta era arroz. No podían
permitirse grandes lujos ahora que su padre no estaba en casa.
–¿Otra
vez arroz?– protestó Andrea.
–Menos
da una piedra.– dijo su madre a la vez que sacaba los platos a la
mesa.
Sergio
bajó las escaleras y se dirigió a el comedor. Se sentó en el sitio
de Dani, ya que éste había invadido su lugar. Como cada día, su
madre, muy devota, hizo a la familia rezar juntos. Sergio detestaba
éstas prácticas, pero tenía que aguantarse. Su madre esperaba que
rezando el Señor oyera sus plegarias y hiciera que su marido
regresara pronto.
Sergio
era ateo al igual que su hermana Sara. Tan solo se llevaban un año y
tres meses. A sus 16 años y 15 años, él y ella, respectivamente,
tenían una visión del mundo diferente a la de sus dos hermanos más
pequeños.
Su
madre, Isabel, empezó a servir los platos en silencio cuando de
pronto, Andrea, la más pequeña, formuló la pregunta a la que todos
deseaban ansiosos que tuviera una respuesta.
–Mamá,
¿por qué se fue papá?– preguntó ella sumida en un todo
angelical.
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