miércoles, 22 de agosto de 2012

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 8.


Sacó del bolsillo su móvil y llamó a su hermana.
–¡Sara, éste lugar es increíble!– casi no podía articular palabra.
–Sergio, haz el favor de quitarte el número oculto, que ya van tres veces.– dijo ella.
–Esta bien hermanita, pero ven lo antes que puedas, te encantará nuestra nueva casa.

Sergio colgó, dejó el teléfono encima de la mesa y se fue al supermercado. Quería comprar algo para comer y algunas cosas más.
Bajó las escaleras y siguió esa calle arriba, a la segunda esquina giró a la derecha. Entró en el Consum. Fue a la sección del pan. Para su sorpresa se encontró con un compañero de clase.

–¿Qué tal el verano Jordi?– preguntó Sergio por educación.
–Pues muy bien, pasando calor y eso, ¿y a ti qué tal te va?– contestó Jordi.
–Muy bien también, me he mudado aquí cerca, al edificio que hay al lado de la papelería Papers.
–Tío eso está enfrente de mi casa.– dijo Jordi emocionado.
–Que suerte tío, cuando tenga la casa arreglada te pasas un día y echamos unas partidas a la Play.
–Vale tío, nos vemos.– dijo Jordi finalmente.

Acabó de hacer la compra y regresó a casa, Sara ya había llegado.

–Tenías razón Sergio, me encanta.– dijo ella.
–Te lo dije, tiene pinta de ser mágico.
–¿Te has quitado ya el número oculto?– espetó ella.
–Sí.– mintió él.

Sergio colocó la compra. Aquella nevera gris ya no le parecía tan vacía. Mientras Sara estaba colocando las cosas en su cuarto y haciendo la cama.

–No te olvides de limpiar el baño, hermanita.– dijo Sergio con algo de retintín.
–Gilipollas.– contestó ella.
–La taza bien limpia, que pueda ver mi cara en ella.– continuó él fastidiando.
–Tranquilo hermanito, tu cara dentro de muy poco acabará ahí dentro.– dijo entre risas.
–Tú siempre tan graciosa, Sara.
–Tú siempre tan considerado, Sergio.

A menudo solían picarse entre los dos, era algo que solo las personas que tienen hermanos pueden hacer.

Y poco a poco pasó el tiempo, y el orden reinaba en aquella casa que ambos compartían. El curso ya había empezado. Y el calendario rondaba por el mes de noviembre. 

jueves, 16 de agosto de 2012

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 7.


Isabel finalmente tomó una decisión, le dejó irse a vivir, pero antes debería emanciparse. Ese era el trato. Sergio aceptó.

¡Sara!– gritó ansioso Sergio– baja corre, mamá quiere hablar contigo.
¿Qué quiere?
Te deja venirte vivir conmigo.

Sara bajo corriendo aquellas escaleras. Le dio un enorme abrazo a su madre, estaba muy feliz.

Cariño, prométeme que serás buena con tu hermano.– dijo Isabel.
Te lo prometo mamá, Sergio y yo ya hemos hecho un trato, el trabajara y yo me encargaré de tener limpia la casa.
Pero, y ésto va para lo dos, no abandonéis vuestros estudios. Tenéis mucho futuro por delante.
Esta bien mamá.
Te echaré de menos mi ojito derecho.– dijo Isabel un poco triste.
Yo también mamá, también echaré de menos a Andrea y a Dani.

Sara subió a su habitación y empezó a hacer las maletas. Sergio, mientras, ya había empezado a llevar sus cosas a la casa en la que ambos vivirían.

Sergio estaba frente a aquel edificio. La fachada estaba recién pintada, se sabía porque el color aún brillaba. Abrió aquella pesada puerta, era una combinación de metal negro y cristal. El portal era muy espacioso y luminoso, la puerta la dejaba pasar haciendo, de aquello algo mágico. Cinco peldaños más arriba había un pequeño descansillo. En una de las paredes habían tres filas de seis buzones cada uno, dos buzones por cada piso. Olía a barniz. En la pared del fondo estaba la puerta del ascensor. Sergio era muy deportista, subió a pie. Escalones de piedra blanca lustraron su vista. En el segundo piso se paró, habían dos puertas de roble. Sobre una de las puertas ponía, en una placa metálica, 2ºD. Sacó de nuevo las llaves del bolsillo. Y abrió aquella puerta. A primera impresión le encantó aquel lugar. Ése sería su hogar.

Entro en aquella gran casa que poco se parecía a la que vivía con anterioridad. Es suelo era una tarima flotante de color oscuro, las paredes estaban pintadas de colores claros, lo que hacía que la luz que entraba por las amplias ventanas resaltara mucho más. Nada más entrar había un pequeño descansillo con dos sillones, una mesa de cristal anclada con tornillos a la pared y un espejo justo delante de la puerta. Éste descansillo estaba acompañado de un pasillo. Al fondo del pasillo, una puerta de cristal con marco de madera lacada en color claro daba a un amplio comedor también muy iluminado. El mobiliario del comedor dejaba un poco que desear, pero con el tiempo irían poniéndolo a su gusto. En la pared de la izquierda había otro pasillo. Éste conducía a un baño, a mano derecha y a las tres habitaciones de la casa.

Sergio entró en la habitación del fondo, que era también la más grande, y dejó sus cosas. Se tumbó sobre aquel colchón y cerró los ojos. Por un instante pudo imaginar la cantidad de buenas cosas que les sucederían a él y a su hermana en aquella casa.

No se podía creer nada de lo que estaba pasando. 

lunes, 23 de julio de 2012

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 6.


Pasaron unas semanas. Todo iba normal. Sergio decidió que era el momento de mudarse a la ciudad.
Su madre estaba en la compra. Ahora ella también entraba dinero en casa. Lo malo es que ya no podía pasar tanto tiempo con sus hijos. Su padre todavía no había regresado. Tampoco había llamado.

Sara volvió del parque, había ido con su hermana pequeña Andrea.

–Sergio, ¿a qué no sabes a quién he visto?– gritó mientras entraba por la puerta.
–¿A quién Sara?–
–He visto a tus amigos.
–¿Algún recado?– preguntó él.
–Sí, uno concretamente.
–Dispara.
–Dice Miquel, textualmente, ¿dónde se ha metido la maricona de tu hermano?– trataba de imitar su voz.
–¿Qué les has dicho?– preguntó él mientras metía su ropa de invierno en cajas.
–Nada, que estabas un poco liado con el trabajo y con la mudanza.

En aquel instante su madre entró por la puerta. Sergio bajó corriendo a la cocina. Su madre ya había empezado a descargar las bolsas de la compra.

–Deja que te ayude mamá.
–Gracias hijo.
–Mamá, me gustaría hablar contigo.– dijo él un poco nervioso.
–Dime, ¿de qué se trata?
–Mejor te lo digo luego, sentados.
–De acuerdo.

Cuando acabaron de colocar la compra ambos se sentaron en el sofá. Isabel se encendió un cigarrillo.

–Dime, ¿de qué se trata?– dijo esta vez Isabel sabiendo que sí que habría respuesta.
–He decidido que me voy a mudar a la ciudad. Quedan apenas semanas para empezar las clases y cuanto antes lo haga mejor.– dijo él no muy convencido de la reacción que tendría.

A Isabel esa idea le rondaba la cabeza desde hacía ya un tiempo, pero vivía con la esperanza de que no se iría.

–Pero, ¿qué harás tú solo en la ciudad?– dijo ella finalmente.
–No estaré solo... Sara me hizo prometer que la llevaría con ella.– balbuceó.
–Ah, no, a Sara no.– negó ella en rotundo mientras apagaba el cigarro en el cenicero.
–Por favor.– su entonación sonaba como la de un niño pequeño cuando piden un caramelo.

Isabel negó con la cabeza. No quería que se llevara a Sara con él. Aunque en cierta forma fuera buena idea, no estaba de acuerdo. Finalmente, decidió pensárselo. Trataría de sacar lo positivo y lo negativo antes de tomar una decisión final. 

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 5.


Entró por la puerta de su casa, su madre lo estaba esperando. Se sentó junto a su madre.

–¿Ha vuelto papá?– formuló él, aunque ya sin esperanzas.
–Ya sabes, no.– tampoco ella tenía ya esperanzas.– Bueno cuéntame, ¿qué te han dicho del trabajo?– continuó.

Sergio le explico la magia de aquel lugar. Le contó la historia sobre la que se había levantado ese sitio. Como el padre de Luis creyó en el sueño de hacer que todos pudieran acceder a la lectura, al conocimiento. Incluso si no tenían dinero. Se podía ver en los ojos de su madre que le hubiera haber estado en ese lugar.

Se hizo un silencio incómodo. Isabel tragó saliva. Esperaba malas noticias.

–Me han cogido, empiezo el miércoles.– dijo finalmente Sergio.
–Pero eso es mañana.– dijo entre lágrimas su madre.

Era una gran noticia que Sergio trabajara, pero su madre sabría que él querría su libertad, así que ella decidió empezar a limpiar alguna que otra casa y poder así ganar su propio dinero.

Sergio se fue a su cuarto, estaba cansado. Lo peor de todo era que aún no era ni medio día. Sara irrumpió en su habitación.

–Te he oído hablar con mamá.– dijo ella.
–Suponía que se habría enterado ya todo el mundo.– dejó caer él.
–Es una gran noticia, ¿no crees?– dijo ella finalmente ignorando el comentario de su hermano.
–Sí, supongo que sí. Lo malo es que el trabajo es en la ciudad y me voy a gastar más dinero en ir y volver que lo que voy a ganar.
Sara reflexionó sobre lo que Sergio había dicho.
–¿No estarás pensando en irte a vivir allí?– preguntó ella finalmente.
–No estoy seguro, si dejó a mamá sola no podrá manteneros a todos. Tus llamadas de teléfono son muy caras.– bromeó él.
–Prométeme una cosa, ¿vale?
–¿De qué se trata?– dijo él sin esperarse de lo que iba a decir su hermana.
–Prométeme que si te vas a vivir a la ciudad me llevarás contigo. Por el instituto no hay problema voy a el tuyo. Ya sabes, en la ciudad.
–Trato hecho, pero con una condición. Yo te llevaré conmigo, pero nada de fiestas, sin mi permiso, y te encargarás de limpiar la casa.

Los dos hermanos se miraron. Ése era el trato. Sara concluyó la conversación con un «vete a la ducha, apestas». Sergio por primera vez en su vida le obedeció. 

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 4.



Llegó delante de aquel café. Un cartel de neón azul, celeste, aunque no estaba muy seguro, coronaba la puerta. En él se podía leer Reunión de Poetas.

Entró en aquel lugar, estaba sumido en el silencio. Las paredes estaban repletas de estanterías. Cientos de miles de libros lucían en ellas. Era muy temprano, poca gente había allí en ese momento. Una gran sala llena de mesas y sillas, sofás. Un segundo piso, un poco más bajo de lo normal, contenía más sillones, mesas y, por supuesto, libros. Desde este segundo piso se podía contemplar, como si de un balcón interno se tratase, todo el lugar. Desde la puerta de entrada, la barra e incluso la puerta de entrada a los baños.

Se dirigió a la barra, pidió un taza de té. Estuvo hablando escasos con la camarera. Era muy simpática. A primera vista, Sergio pensó que trabaría muy buena amistad con ella.

Disculpa, ¿sabes si tu jefe tardará mucho en venir?– le preguntó a Claudia.
No creo, mientras tanto siéntate y lee un libro, te hará estar más relajado.– contestó ella mientras salía de la barra con el taza en la mano.

Claudia le dejó la taza en una de las mesas. Sergio se dirigió a las estanterías que habían detrás de él. Cogió unos cuantos libros. Sobre seis. Ojeó sus contraportadas. Al abrir alguno de los libros pudo observar que en el interior habían nombres y alguna dedicatoria. Al parecer todos esos libros habían sido prestados por la gente. Era como intercambiarlos, pero con la seguridad de que tu libro estará en buenas manos. Algunos de ellos estaban repetidos. Finalmente se decantó por una novela de misterio.

Antes si quiera de que pudiera leer la dedicatoria que en ese libro había escrito entró el dueño del lugar por la puerta.

Acompáñeme a mi despacho, Sergio.– dijo el hombre con un poco de prisa.

Sergio y Luis, el dueño del café, subieron al segundo piso. Sergio se paró un momento a contemplar la vista desde la barandilla metálica que había.

Bonito, ¿verdad?– interrumpió Luis.
Sí, es precioso, se respira mucha paz aquí. Tiene usted una colección gigantesca de libros.
Lo cierto es que ninguno son míos. Cuando mi padre abrió éste lugar, tras la guerra civil, empezó a venir mucha gente. Cada uno traía su libro, se sentaba, pedía algo de tomar y se sumía en su más profunda imaginación. Poco a poco se fue cogiendo la costumbre de dejar aquí los libros y así poder cambiarlos de forma gratuita. Fue una revolución, todo el mundo tenía acceso a la lectura libre. No importaba el dinero que se tuviese. Y aún hoy seguimos con la tradición. Millones de personas han pasado por estos sillones.

Se notaba en la mirada de Luis que estaba orgulloso de lo que su padre había hecho en ese sitio. Estaba muy pagado con ése lugar. Ambos entraron en el pequeño despacho que había en la segunda planta. Luis cerró la puerta tras ellos.

Claudia no daba a basto, el café estaba lleno de gente. No paraba de servir tés y cafés. Aunque el silencio seguía. Era el lugar perfecto para concentrarse.

Pasó aproximadamente una hora cuando la puerta del despacho se volvió a abrir.

Sergio salió de aquel despacho. Se despidió de Claudia. Y se dirigió a su casa. 

domingo, 22 de julio de 2012

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 3.


Su madre, en cierta forma, sabía la respuesta a aquella pregunta. Pero le daba miedo enfrentarse a la realidad. Así que optó por hacer lo que más fácil le era.

Va, comed, que se os enfriará el arroz.– añadió ella ignorando por completo la pregunta.–Si tenéis más hambre os hago un huevo frito, de todas formas de postre hay fruta. Nos la ha dado el señor Tomás.– continuó ella cambiando así por completo de tema.

La comida se siguió del más incómodo de los silencios. Había tal tensión en el aire que era como si te ahogase una soga. Ese silencio era más molesto incluso que el chirrido que hacían unas uñas al rallar una pizarra.

Solo una cosa pudo romper ese silencio. Dani derramó su vaso de agua sobre la mesa. Toda la familia se miró inquieta, muy nerviosos todos. Pero esta vez no pasaba nada, su padre no estaba ahí.

Su padre se llamaba Juan, tenía 43 años. La mayor parte del tiempo se la pasaba fuera. Era muy poco social. Era de un carácter muy fuerte, agresivo más bien. Consumía drogas, no regularmente pero si a menudo. Trabajaba en un pequeño taller, aunque eso no daba mucho dinero. Conseguía dinero traficando. Solía pegar mucho a su esposa, aunque sus hijos no le perdían el respeto por ello. No sabían nada.

Sergio se levantó de la mesa, solo quedaba ya Sara. Se dirigió a la cocina y fregó los platos. Se repartían siempre las tareas entre los hermanos. Cuando finalizó subió de nuevo a su habitación y sacó un libro de su mugrosa mochila gris. Trató de leer, pero le era casi imposible. No podía concentrarse, sus pensamientos se lo impedían. Se sentía mal por la situación que estaban pasando, desde que su padre no estaba no entraba dinero a casa. Sabía que su padre seguí yendo a trabajar pero ese dinero su madre no lo vería. Finalmente tuvo clara la solución. Tenía que encontrar un trabajo. La palabra imposible.

Habló con su madre sobre el tema, a ella le parecía bien. Aunque prefería que no fuera él quien trabajara, sino ella misma.

Sergio no le hizo caso, decidió que era hora de buscar trabajo. Guardó el libro de nuevo en su mochila. Se cambió de ropa. Se enfundó unos tejanos, unas bambas y una camiseta gris con un eslogan ingenioso. Se despeinó un poco la cresta. Cogió la mochila. Y se marchó.

Subió de nuevo al metro y se dirigió a la ciudad. Paseó por distintas cafeterías y bares echando curriculums. Necesitaría un buen golpe de suerte.

Pasaron los días pero no recibía ninguna noticia de los trabajos.

¿Habré puesto mal mi número de teléfono?– pensó.

Tras una larga espera recibió la tan esperada llamada. Era ya un poco tarde, casi era la hora del crepúsculo. Era del café Reunión de Poetas. Querían entrevistarle. Sergio muy emocionado aceptó entrevistarse al día siguiente. La horas siguientes se le hicieron eternas. Pero debía dormir, tenía que estar fresco.

A la mañana siguiente se levantó un poco después del alba y se dirigió al que esperaba que fuera su trabajo. 

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 2.



Hola.– contestó ella aún absorta en su lectura.

Sergio no sabía que más decir. Finalmente, decidió hablar sobre el libro que la joven estaba leyendo.

¿Qué libro es?– añadió Sergio poco seguro de lo que decía.
Marina.– añadió ella sin muchos rodeos.
Gran escritor, Ruiz Zafón.– concluyó finalmente él.

Antes de que pudiera volver si quiera a formularle otra pregunta, el metro ya había parado y Sergio tuvo que bajar. Se despidió de la muchacha con un simple «encantado».

Bajó apresurado de aquel sucio vagón y volvió a sacar de su mochila aquel desgastado monopatín. Poco a poco fue recorriendo las calles de aquel pueblo cercano a la gran ciudad. Y con el transcurso de éstas llegó a una pequeña zona. Parecía como muerta. Las calles habían pasado de ser amplias a ser simples callejones estrechos. En algunos de los portales habían plantas y flores, en otros simplemente oscuridad. Una pequeña taberna donde se reunían los ancianos, o tercera edad, como a Sergio le gustaba llamarlos, era la única escapatoria de aquel infierno en tierra. Y al final de todo aquello. Justo a lado de un descampado lleno de hierbajos, vivía él.

Llegó a su casa, un poco decepcionado por no haber podido hablar más con aquella bella muchacha. Cruzó el umbral de lo que él consideraba su hogar, que, por el tiempo, había perdido toda su magia. Y formuló a su madre la misma pregunta que le hacía todos los días al llegar a su casa.

¿Ha vuelto papá?
No Sergio, aún no.– respondió su madre con el mismo tono de desilusión que mantenía desde hacía unos días atrás.

Sergio se enfiló por las escaleras y se dirigió a su dormitorio. Se sentó en el mismo lugar al lado de la ventana y encendió la radio.

Poco después, y muy alborotada, entró su hermana a esa habitación sumida por la penumbra de unas persianas bajadas.

¡Baja la voz, idiota!– gritó ella desde la puerta.
Déjame en paz Sara, no estoy para juegos.– protestó él un poco desganado de peleas.

Sara salió de la habitación y prosiguió hablando por teléfono. Sergio volvió de nuevo a pensar en su padre. Hacía más de una semana que se había marchado de casa tras una acalorada discusión con su madre. No había forma de localizarlo.

Mientras, en la radio, sonaba su canción favorita, In Bloom, de Nirvana. Empezó a cantar la letra de aquella canción. Pero justo cuando llegaba su parte favorita se oyó un grito desde debajo de la escalera.

¡A comer!– gritaba su madre enérgicamente.

Desde el final del pasillo se oía como su hermano pequeño, Dani, preguntaba que había para comer. La respuesta era arroz. No podían permitirse grandes lujos ahora que su padre no estaba en casa.

¿Otra vez arroz?– protestó Andrea.
Menos da una piedra.– dijo su madre a la vez que sacaba los platos a la mesa.

Sergio bajó las escaleras y se dirigió a el comedor. Se sentó en el sitio de Dani, ya que éste había invadido su lugar. Como cada día, su madre, muy devota, hizo a la familia rezar juntos. Sergio detestaba éstas prácticas, pero tenía que aguantarse. Su madre esperaba que rezando el Señor oyera sus plegarias y hiciera que su marido regresara pronto.

Sergio era ateo al igual que su hermana Sara. Tan solo se llevaban un año y tres meses. A sus 16 años y 15 años, él y ella, respectivamente, tenían una visión del mundo diferente a la de sus dos hermanos más pequeños.

Su madre, Isabel, empezó a servir los platos en silencio cuando de pronto, Andrea, la más pequeña, formuló la pregunta a la que todos deseaban ansiosos que tuviera una respuesta.

Mamá, ¿por qué se fue papá?– preguntó ella sumida en un todo angelical.