viernes, 16 de noviembre de 2012

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 10.



Anduvo por aquella avenida durante unos quince minutos. Llegaba tarde. Iba a paso apresurado, aunque el retraso no se lo quitaba ya nadie. Mientras caminaba notaba como los charcos mojaban sus zapatos. Le hacían pensar en cuando era pequeño y, con sus botas de agua azul marino, saltaba encima de ellos; se sentía el rey del mundo en aquellas épocas. Mientras pensaba en esas botas divisó en la distancia a la persona con la que había quedado.

–¡Ey!– gritó Sergio.
–Llegas tarde.– refunfuñó.
–Sí, lo sé, perdón. No la encontraba.
–¿Pero la tienes?
–Sí, vamos a un lugar más apartado.

Sergio le hizo un gesto con la mano y ambos se retiraron unas calles más atrás. Sacó una bolsita de su bolsillo y se la entregó muy discretamente a su mano.

–¿Cuánto hay?– preguntó aquél joven.
–Veinte euros, lo que me pediste.– respondió Sergio.
–De acuerdo, muchas gracias tío, nos vemos mañana.– dijo finalmente mientras le daba los veinte euros y se marchaba calle arriba.

Sergio tomó la dirección contraria al joven. Se dirigía a casa de Jordi, tenía que hablar con él. Quince minutos más tarde estaba frente al portal, un tanto oscuro, de Jordi. Buscó entre los timbres el apellido Montjuich, era el 4ºC. Era la primera vez que Sergio se pasaba por casa de Jordi, normalmente era Jordi el que pasaba por su casa.

La relación entre Sergio y Jordi había cambiado mucho a lo largo de los meses. Al principio eran simples compañeros de clase; pero poco a poco fue convirtiéndose en casi un hermano para él. A menudo solían fumarse unos porros en casa de Sergio mientras jugaban a la PS3. Casi todos los fines de semana salían a quemar las discotecas de la ciudad. Y cada fin de semana volvían a casa con unas chicas diferentes a las de la semana anterior. Sergio había adquirido una confianza en él que no había tenido ni con sus amigos de la infancia, que al fin y al cabo nunca habían estado a su lado. Entre semana, cuando ambos acababan de trabajar, se dirigían a un pequeño bar que había a unas manzanas de sus casas. Allí pasaban el rato, en compañía.

Tocó al timbre y escuchó la ya familiar voz de Jordi.

–¿Se puede saber que coño te pasa en la voz Jordi? Anda baja y nos hacemos unos porros.
–Tío, está mi abuela de visita, ya otro día.– dijo un poco disgustado Jordi.
–Vaya tío, pues nada, cuando se marche o algo me mandas un Whats App.
–Vale tío, que te follen.– dijo en plan coña.

Sacó el móvil del bolsillo y pensó en llamar a alguna amiga, pero en ese justo momento apareció su hermana por la esquina.

–¡Gilipollas! ¿Qué coño haces aquí bajo con el agua que cae?– preguntó Sara como si de una verdulera se tratara.
–¿Sabes algo de mamá?– contestó Sergio.
–No, lo cierto es que no, hará lo menos unas tres semanas que no habló con ella.
–Yo creo que hace ya mes y medio. Deberíamos ir a verla.– dijo Sergio un poco arrepentido por el hecho de no incluir apenas a su madre en su nueva vida.

sábado, 13 de octubre de 2012

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 9.



Se acercó a la ventana, tenía vistas a una gran avenida, y miró a través de esos cristales un poco escarchados por el frío. Por la calle se veían a pequeñas personas, vistas desde ése segundo piso, con paraguas; el tránsito de coches era el habitual, ni más ni menos, era un vía bastante transitada. Apartó la vista de la ventana y la posó sobre una mesa de cristal. Miró el reloj primero. Sara aún tardaría en llegar. Y solo después de esta comprobación cogió el paquete de Camel que había sobre la mesa. Abrió la cajetilla y sacó un cigarro. Por un momento pensó que había cogido el que solía poner del revés, pero no fue así. Sacó de su bolsillo trasero un mechero rojo, tenía la manía de que siempre fuera del mismo color. Se acercó de nuevo a la ventana, y esta vez contemplando el grisáceo cielo, se encendió el cigarrillo.

Se podría decir que era de noche, pero no, aún eran las cinco y media de la tarde, simplemente el cielo estaba más oscuro de lo normal. Abrió un poco la ventana, para que pudiera salir el humo del cigarrillo. Hacía mucho frío por lo que se vio obligado a cerrarla de nuevo. Cogió el mando de la tele y se sentó en el sofá tapizado con un color rojo.

Durante unos minutos hizo zapping pero no hacían nada bueno. Siempre la misma mierda de programas del corazón. Se iba a levantar a por el mando del home cinema cuando recibió una llamada en el móvil. Tardó bastante rato en contestar, adoraba su tono de llamada.

–Dime.– dijo él como pasando del tema.
–¿Podemos quedar esta tarde?– respondió una voz detrás del teléfono.
–¿Para?– replicó.
–Para lo de siempre.– dijo la voz con un tono de súplica.
–Está bien, a las seis y media en el mismo sitio de siempre.– dijo no muy convencido aún.
–Vale, nos vemos luego.

Sergio miró la hora, las seis menos cuarto, «¿Me dará tiempo a ducharme?», pensó. Recapacitó unos minutos y se metió en la ducha.

Notaba el agua caliente caer por sus músculos ya marcados tras meses de gimnasio. No había mejor sensación que una buena ducha en los días fríos. Tras unos quince minutos salió de la ducha. El cristal estaba completamente empañado. Quitó el vaho con la mano, se miró al espejo y se peinó con la mano su coqueta cresta. Buscó con la mirada la toalla, pero no la vio ningún lado. Salió desnudo de aquel baño y se dirigió a su habitación. Abrió una de las puertas del armario y sacó una toalla blanca. En los bajos de la toalla estaba bordado el nombre Mont Blanch, la habían “cogido prestada” de un hotel del pirineo catalán. Fue el último viaje que hizo con su familia al completo. Se envolvió en la toalla y se quedó sentado al borde de la cama. Se secó bien y sacó del armario sus Levis, una camiseta que había comprado en Pull and Bear y las Vans rojas. Y ahora sí, encendió la radio. Mientras se vestía cantaba esa canción que escuchaba siempre que salía de fiesta. Esa canción que le daba fuerzas para aguantar un rato más.

Volvió a mirar el reloj, las seis y veinte. Se puso rápidamente los calcetines blancos y las Vans y salió de casa apresurado. Le quedaban aún diez minutos de camino mínimo. Ya estaba casi saliendo cuando la lluvia le obligó a subir a por un paraguas. Subió corriendo aquellos 56 escalones. Abrió la puerta y cogió el paraguas rojo de su hermana. Bajó de nuevo las escaleras corriendo y, esta vez sí, se dirigió al lugar acordado. 

miércoles, 22 de agosto de 2012

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 8.


Sacó del bolsillo su móvil y llamó a su hermana.
–¡Sara, éste lugar es increíble!– casi no podía articular palabra.
–Sergio, haz el favor de quitarte el número oculto, que ya van tres veces.– dijo ella.
–Esta bien hermanita, pero ven lo antes que puedas, te encantará nuestra nueva casa.

Sergio colgó, dejó el teléfono encima de la mesa y se fue al supermercado. Quería comprar algo para comer y algunas cosas más.
Bajó las escaleras y siguió esa calle arriba, a la segunda esquina giró a la derecha. Entró en el Consum. Fue a la sección del pan. Para su sorpresa se encontró con un compañero de clase.

–¿Qué tal el verano Jordi?– preguntó Sergio por educación.
–Pues muy bien, pasando calor y eso, ¿y a ti qué tal te va?– contestó Jordi.
–Muy bien también, me he mudado aquí cerca, al edificio que hay al lado de la papelería Papers.
–Tío eso está enfrente de mi casa.– dijo Jordi emocionado.
–Que suerte tío, cuando tenga la casa arreglada te pasas un día y echamos unas partidas a la Play.
–Vale tío, nos vemos.– dijo Jordi finalmente.

Acabó de hacer la compra y regresó a casa, Sara ya había llegado.

–Tenías razón Sergio, me encanta.– dijo ella.
–Te lo dije, tiene pinta de ser mágico.
–¿Te has quitado ya el número oculto?– espetó ella.
–Sí.– mintió él.

Sergio colocó la compra. Aquella nevera gris ya no le parecía tan vacía. Mientras Sara estaba colocando las cosas en su cuarto y haciendo la cama.

–No te olvides de limpiar el baño, hermanita.– dijo Sergio con algo de retintín.
–Gilipollas.– contestó ella.
–La taza bien limpia, que pueda ver mi cara en ella.– continuó él fastidiando.
–Tranquilo hermanito, tu cara dentro de muy poco acabará ahí dentro.– dijo entre risas.
–Tú siempre tan graciosa, Sara.
–Tú siempre tan considerado, Sergio.

A menudo solían picarse entre los dos, era algo que solo las personas que tienen hermanos pueden hacer.

Y poco a poco pasó el tiempo, y el orden reinaba en aquella casa que ambos compartían. El curso ya había empezado. Y el calendario rondaba por el mes de noviembre. 

jueves, 16 de agosto de 2012

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 7.


Isabel finalmente tomó una decisión, le dejó irse a vivir, pero antes debería emanciparse. Ese era el trato. Sergio aceptó.

¡Sara!– gritó ansioso Sergio– baja corre, mamá quiere hablar contigo.
¿Qué quiere?
Te deja venirte vivir conmigo.

Sara bajo corriendo aquellas escaleras. Le dio un enorme abrazo a su madre, estaba muy feliz.

Cariño, prométeme que serás buena con tu hermano.– dijo Isabel.
Te lo prometo mamá, Sergio y yo ya hemos hecho un trato, el trabajara y yo me encargaré de tener limpia la casa.
Pero, y ésto va para lo dos, no abandonéis vuestros estudios. Tenéis mucho futuro por delante.
Esta bien mamá.
Te echaré de menos mi ojito derecho.– dijo Isabel un poco triste.
Yo también mamá, también echaré de menos a Andrea y a Dani.

Sara subió a su habitación y empezó a hacer las maletas. Sergio, mientras, ya había empezado a llevar sus cosas a la casa en la que ambos vivirían.

Sergio estaba frente a aquel edificio. La fachada estaba recién pintada, se sabía porque el color aún brillaba. Abrió aquella pesada puerta, era una combinación de metal negro y cristal. El portal era muy espacioso y luminoso, la puerta la dejaba pasar haciendo, de aquello algo mágico. Cinco peldaños más arriba había un pequeño descansillo. En una de las paredes habían tres filas de seis buzones cada uno, dos buzones por cada piso. Olía a barniz. En la pared del fondo estaba la puerta del ascensor. Sergio era muy deportista, subió a pie. Escalones de piedra blanca lustraron su vista. En el segundo piso se paró, habían dos puertas de roble. Sobre una de las puertas ponía, en una placa metálica, 2ºD. Sacó de nuevo las llaves del bolsillo. Y abrió aquella puerta. A primera impresión le encantó aquel lugar. Ése sería su hogar.

Entro en aquella gran casa que poco se parecía a la que vivía con anterioridad. Es suelo era una tarima flotante de color oscuro, las paredes estaban pintadas de colores claros, lo que hacía que la luz que entraba por las amplias ventanas resaltara mucho más. Nada más entrar había un pequeño descansillo con dos sillones, una mesa de cristal anclada con tornillos a la pared y un espejo justo delante de la puerta. Éste descansillo estaba acompañado de un pasillo. Al fondo del pasillo, una puerta de cristal con marco de madera lacada en color claro daba a un amplio comedor también muy iluminado. El mobiliario del comedor dejaba un poco que desear, pero con el tiempo irían poniéndolo a su gusto. En la pared de la izquierda había otro pasillo. Éste conducía a un baño, a mano derecha y a las tres habitaciones de la casa.

Sergio entró en la habitación del fondo, que era también la más grande, y dejó sus cosas. Se tumbó sobre aquel colchón y cerró los ojos. Por un instante pudo imaginar la cantidad de buenas cosas que les sucederían a él y a su hermana en aquella casa.

No se podía creer nada de lo que estaba pasando. 

lunes, 23 de julio de 2012

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 6.


Pasaron unas semanas. Todo iba normal. Sergio decidió que era el momento de mudarse a la ciudad.
Su madre estaba en la compra. Ahora ella también entraba dinero en casa. Lo malo es que ya no podía pasar tanto tiempo con sus hijos. Su padre todavía no había regresado. Tampoco había llamado.

Sara volvió del parque, había ido con su hermana pequeña Andrea.

–Sergio, ¿a qué no sabes a quién he visto?– gritó mientras entraba por la puerta.
–¿A quién Sara?–
–He visto a tus amigos.
–¿Algún recado?– preguntó él.
–Sí, uno concretamente.
–Dispara.
–Dice Miquel, textualmente, ¿dónde se ha metido la maricona de tu hermano?– trataba de imitar su voz.
–¿Qué les has dicho?– preguntó él mientras metía su ropa de invierno en cajas.
–Nada, que estabas un poco liado con el trabajo y con la mudanza.

En aquel instante su madre entró por la puerta. Sergio bajó corriendo a la cocina. Su madre ya había empezado a descargar las bolsas de la compra.

–Deja que te ayude mamá.
–Gracias hijo.
–Mamá, me gustaría hablar contigo.– dijo él un poco nervioso.
–Dime, ¿de qué se trata?
–Mejor te lo digo luego, sentados.
–De acuerdo.

Cuando acabaron de colocar la compra ambos se sentaron en el sofá. Isabel se encendió un cigarrillo.

–Dime, ¿de qué se trata?– dijo esta vez Isabel sabiendo que sí que habría respuesta.
–He decidido que me voy a mudar a la ciudad. Quedan apenas semanas para empezar las clases y cuanto antes lo haga mejor.– dijo él no muy convencido de la reacción que tendría.

A Isabel esa idea le rondaba la cabeza desde hacía ya un tiempo, pero vivía con la esperanza de que no se iría.

–Pero, ¿qué harás tú solo en la ciudad?– dijo ella finalmente.
–No estaré solo... Sara me hizo prometer que la llevaría con ella.– balbuceó.
–Ah, no, a Sara no.– negó ella en rotundo mientras apagaba el cigarro en el cenicero.
–Por favor.– su entonación sonaba como la de un niño pequeño cuando piden un caramelo.

Isabel negó con la cabeza. No quería que se llevara a Sara con él. Aunque en cierta forma fuera buena idea, no estaba de acuerdo. Finalmente, decidió pensárselo. Trataría de sacar lo positivo y lo negativo antes de tomar una decisión final. 

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 5.


Entró por la puerta de su casa, su madre lo estaba esperando. Se sentó junto a su madre.

–¿Ha vuelto papá?– formuló él, aunque ya sin esperanzas.
–Ya sabes, no.– tampoco ella tenía ya esperanzas.– Bueno cuéntame, ¿qué te han dicho del trabajo?– continuó.

Sergio le explico la magia de aquel lugar. Le contó la historia sobre la que se había levantado ese sitio. Como el padre de Luis creyó en el sueño de hacer que todos pudieran acceder a la lectura, al conocimiento. Incluso si no tenían dinero. Se podía ver en los ojos de su madre que le hubiera haber estado en ese lugar.

Se hizo un silencio incómodo. Isabel tragó saliva. Esperaba malas noticias.

–Me han cogido, empiezo el miércoles.– dijo finalmente Sergio.
–Pero eso es mañana.– dijo entre lágrimas su madre.

Era una gran noticia que Sergio trabajara, pero su madre sabría que él querría su libertad, así que ella decidió empezar a limpiar alguna que otra casa y poder así ganar su propio dinero.

Sergio se fue a su cuarto, estaba cansado. Lo peor de todo era que aún no era ni medio día. Sara irrumpió en su habitación.

–Te he oído hablar con mamá.– dijo ella.
–Suponía que se habría enterado ya todo el mundo.– dejó caer él.
–Es una gran noticia, ¿no crees?– dijo ella finalmente ignorando el comentario de su hermano.
–Sí, supongo que sí. Lo malo es que el trabajo es en la ciudad y me voy a gastar más dinero en ir y volver que lo que voy a ganar.
Sara reflexionó sobre lo que Sergio había dicho.
–¿No estarás pensando en irte a vivir allí?– preguntó ella finalmente.
–No estoy seguro, si dejó a mamá sola no podrá manteneros a todos. Tus llamadas de teléfono son muy caras.– bromeó él.
–Prométeme una cosa, ¿vale?
–¿De qué se trata?– dijo él sin esperarse de lo que iba a decir su hermana.
–Prométeme que si te vas a vivir a la ciudad me llevarás contigo. Por el instituto no hay problema voy a el tuyo. Ya sabes, en la ciudad.
–Trato hecho, pero con una condición. Yo te llevaré conmigo, pero nada de fiestas, sin mi permiso, y te encargarás de limpiar la casa.

Los dos hermanos se miraron. Ése era el trato. Sara concluyó la conversación con un «vete a la ducha, apestas». Sergio por primera vez en su vida le obedeció. 

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 4.



Llegó delante de aquel café. Un cartel de neón azul, celeste, aunque no estaba muy seguro, coronaba la puerta. En él se podía leer Reunión de Poetas.

Entró en aquel lugar, estaba sumido en el silencio. Las paredes estaban repletas de estanterías. Cientos de miles de libros lucían en ellas. Era muy temprano, poca gente había allí en ese momento. Una gran sala llena de mesas y sillas, sofás. Un segundo piso, un poco más bajo de lo normal, contenía más sillones, mesas y, por supuesto, libros. Desde este segundo piso se podía contemplar, como si de un balcón interno se tratase, todo el lugar. Desde la puerta de entrada, la barra e incluso la puerta de entrada a los baños.

Se dirigió a la barra, pidió un taza de té. Estuvo hablando escasos con la camarera. Era muy simpática. A primera vista, Sergio pensó que trabaría muy buena amistad con ella.

Disculpa, ¿sabes si tu jefe tardará mucho en venir?– le preguntó a Claudia.
No creo, mientras tanto siéntate y lee un libro, te hará estar más relajado.– contestó ella mientras salía de la barra con el taza en la mano.

Claudia le dejó la taza en una de las mesas. Sergio se dirigió a las estanterías que habían detrás de él. Cogió unos cuantos libros. Sobre seis. Ojeó sus contraportadas. Al abrir alguno de los libros pudo observar que en el interior habían nombres y alguna dedicatoria. Al parecer todos esos libros habían sido prestados por la gente. Era como intercambiarlos, pero con la seguridad de que tu libro estará en buenas manos. Algunos de ellos estaban repetidos. Finalmente se decantó por una novela de misterio.

Antes si quiera de que pudiera leer la dedicatoria que en ese libro había escrito entró el dueño del lugar por la puerta.

Acompáñeme a mi despacho, Sergio.– dijo el hombre con un poco de prisa.

Sergio y Luis, el dueño del café, subieron al segundo piso. Sergio se paró un momento a contemplar la vista desde la barandilla metálica que había.

Bonito, ¿verdad?– interrumpió Luis.
Sí, es precioso, se respira mucha paz aquí. Tiene usted una colección gigantesca de libros.
Lo cierto es que ninguno son míos. Cuando mi padre abrió éste lugar, tras la guerra civil, empezó a venir mucha gente. Cada uno traía su libro, se sentaba, pedía algo de tomar y se sumía en su más profunda imaginación. Poco a poco se fue cogiendo la costumbre de dejar aquí los libros y así poder cambiarlos de forma gratuita. Fue una revolución, todo el mundo tenía acceso a la lectura libre. No importaba el dinero que se tuviese. Y aún hoy seguimos con la tradición. Millones de personas han pasado por estos sillones.

Se notaba en la mirada de Luis que estaba orgulloso de lo que su padre había hecho en ese sitio. Estaba muy pagado con ése lugar. Ambos entraron en el pequeño despacho que había en la segunda planta. Luis cerró la puerta tras ellos.

Claudia no daba a basto, el café estaba lleno de gente. No paraba de servir tés y cafés. Aunque el silencio seguía. Era el lugar perfecto para concentrarse.

Pasó aproximadamente una hora cuando la puerta del despacho se volvió a abrir.

Sergio salió de aquel despacho. Se despidió de Claudia. Y se dirigió a su casa. 

domingo, 22 de julio de 2012

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 3.


Su madre, en cierta forma, sabía la respuesta a aquella pregunta. Pero le daba miedo enfrentarse a la realidad. Así que optó por hacer lo que más fácil le era.

Va, comed, que se os enfriará el arroz.– añadió ella ignorando por completo la pregunta.–Si tenéis más hambre os hago un huevo frito, de todas formas de postre hay fruta. Nos la ha dado el señor Tomás.– continuó ella cambiando así por completo de tema.

La comida se siguió del más incómodo de los silencios. Había tal tensión en el aire que era como si te ahogase una soga. Ese silencio era más molesto incluso que el chirrido que hacían unas uñas al rallar una pizarra.

Solo una cosa pudo romper ese silencio. Dani derramó su vaso de agua sobre la mesa. Toda la familia se miró inquieta, muy nerviosos todos. Pero esta vez no pasaba nada, su padre no estaba ahí.

Su padre se llamaba Juan, tenía 43 años. La mayor parte del tiempo se la pasaba fuera. Era muy poco social. Era de un carácter muy fuerte, agresivo más bien. Consumía drogas, no regularmente pero si a menudo. Trabajaba en un pequeño taller, aunque eso no daba mucho dinero. Conseguía dinero traficando. Solía pegar mucho a su esposa, aunque sus hijos no le perdían el respeto por ello. No sabían nada.

Sergio se levantó de la mesa, solo quedaba ya Sara. Se dirigió a la cocina y fregó los platos. Se repartían siempre las tareas entre los hermanos. Cuando finalizó subió de nuevo a su habitación y sacó un libro de su mugrosa mochila gris. Trató de leer, pero le era casi imposible. No podía concentrarse, sus pensamientos se lo impedían. Se sentía mal por la situación que estaban pasando, desde que su padre no estaba no entraba dinero a casa. Sabía que su padre seguí yendo a trabajar pero ese dinero su madre no lo vería. Finalmente tuvo clara la solución. Tenía que encontrar un trabajo. La palabra imposible.

Habló con su madre sobre el tema, a ella le parecía bien. Aunque prefería que no fuera él quien trabajara, sino ella misma.

Sergio no le hizo caso, decidió que era hora de buscar trabajo. Guardó el libro de nuevo en su mochila. Se cambió de ropa. Se enfundó unos tejanos, unas bambas y una camiseta gris con un eslogan ingenioso. Se despeinó un poco la cresta. Cogió la mochila. Y se marchó.

Subió de nuevo al metro y se dirigió a la ciudad. Paseó por distintas cafeterías y bares echando curriculums. Necesitaría un buen golpe de suerte.

Pasaron los días pero no recibía ninguna noticia de los trabajos.

¿Habré puesto mal mi número de teléfono?– pensó.

Tras una larga espera recibió la tan esperada llamada. Era ya un poco tarde, casi era la hora del crepúsculo. Era del café Reunión de Poetas. Querían entrevistarle. Sergio muy emocionado aceptó entrevistarse al día siguiente. La horas siguientes se le hicieron eternas. Pero debía dormir, tenía que estar fresco.

A la mañana siguiente se levantó un poco después del alba y se dirigió al que esperaba que fuera su trabajo. 

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 2.



Hola.– contestó ella aún absorta en su lectura.

Sergio no sabía que más decir. Finalmente, decidió hablar sobre el libro que la joven estaba leyendo.

¿Qué libro es?– añadió Sergio poco seguro de lo que decía.
Marina.– añadió ella sin muchos rodeos.
Gran escritor, Ruiz Zafón.– concluyó finalmente él.

Antes de que pudiera volver si quiera a formularle otra pregunta, el metro ya había parado y Sergio tuvo que bajar. Se despidió de la muchacha con un simple «encantado».

Bajó apresurado de aquel sucio vagón y volvió a sacar de su mochila aquel desgastado monopatín. Poco a poco fue recorriendo las calles de aquel pueblo cercano a la gran ciudad. Y con el transcurso de éstas llegó a una pequeña zona. Parecía como muerta. Las calles habían pasado de ser amplias a ser simples callejones estrechos. En algunos de los portales habían plantas y flores, en otros simplemente oscuridad. Una pequeña taberna donde se reunían los ancianos, o tercera edad, como a Sergio le gustaba llamarlos, era la única escapatoria de aquel infierno en tierra. Y al final de todo aquello. Justo a lado de un descampado lleno de hierbajos, vivía él.

Llegó a su casa, un poco decepcionado por no haber podido hablar más con aquella bella muchacha. Cruzó el umbral de lo que él consideraba su hogar, que, por el tiempo, había perdido toda su magia. Y formuló a su madre la misma pregunta que le hacía todos los días al llegar a su casa.

¿Ha vuelto papá?
No Sergio, aún no.– respondió su madre con el mismo tono de desilusión que mantenía desde hacía unos días atrás.

Sergio se enfiló por las escaleras y se dirigió a su dormitorio. Se sentó en el mismo lugar al lado de la ventana y encendió la radio.

Poco después, y muy alborotada, entró su hermana a esa habitación sumida por la penumbra de unas persianas bajadas.

¡Baja la voz, idiota!– gritó ella desde la puerta.
Déjame en paz Sara, no estoy para juegos.– protestó él un poco desganado de peleas.

Sara salió de la habitación y prosiguió hablando por teléfono. Sergio volvió de nuevo a pensar en su padre. Hacía más de una semana que se había marchado de casa tras una acalorada discusión con su madre. No había forma de localizarlo.

Mientras, en la radio, sonaba su canción favorita, In Bloom, de Nirvana. Empezó a cantar la letra de aquella canción. Pero justo cuando llegaba su parte favorita se oyó un grito desde debajo de la escalera.

¡A comer!– gritaba su madre enérgicamente.

Desde el final del pasillo se oía como su hermano pequeño, Dani, preguntaba que había para comer. La respuesta era arroz. No podían permitirse grandes lujos ahora que su padre no estaba en casa.

¿Otra vez arroz?– protestó Andrea.
Menos da una piedra.– dijo su madre a la vez que sacaba los platos a la mesa.

Sergio bajó las escaleras y se dirigió a el comedor. Se sentó en el sitio de Dani, ya que éste había invadido su lugar. Como cada día, su madre, muy devota, hizo a la familia rezar juntos. Sergio detestaba éstas prácticas, pero tenía que aguantarse. Su madre esperaba que rezando el Señor oyera sus plegarias y hiciera que su marido regresara pronto.

Sergio era ateo al igual que su hermana Sara. Tan solo se llevaban un año y tres meses. A sus 16 años y 15 años, él y ella, respectivamente, tenían una visión del mundo diferente a la de sus dos hermanos más pequeños.

Su madre, Isabel, empezó a servir los platos en silencio cuando de pronto, Andrea, la más pequeña, formuló la pregunta a la que todos deseaban ansiosos que tuviera una respuesta.

Mamá, ¿por qué se fue papá?– preguntó ella sumida en un todo angelical. 

sábado, 21 de julio de 2012

CLAVELES Y ROSAS; CAPÍTULO 1.



Sergio caminaba por las calles pancarta en mano. Protestaban por las situaciones que en ése país se estaba viviendo. Se sentía un poco ahogado, decenas de miles de personas unidas por la misma causa, colapsaban las calles de aquella gran ciudad.

Lejos de todo aquello el gobierno se reía de los ciudadanos. La policía cargaba contra los más jóvenes, lo más indefensos.

Sergio decidió que ya era hora de regresar a su casa, su madre estaría preocupada por él. Ya era casi la hora de comer. Le dio la pancarta que llevaba a un hombre mayor que había a su lado. Éste le sonrió encantado.

Sergio se dirigió hacia su casa aunque era difícil salir de tal aglomeración. Pasaron sobre diez minutos hasta que pudo salir de aquel alboroto de personas. Sacó de su mochila gris, la cual colgaba durante la protesta de su espalda, un monopatín un tanto desgastado. Se enfiló por las calles hasta llegar a una pequeña boca de metro. Fue solo en eses momento cuando descendió de su monopatín y lo volvió a guardar. Habían pasado otros cinco minutos más.

Sacó del bolsillo derecho de su pantalón un abono para familias numerosas. Pasó ésta por el lector y se sentó en un banco a la espera de que llegará el metro. Pasaron aproximadamente dos minutos. Subió a éste. No le gustaba mucho estar apretujado, así que se puso en un asiento casi al lado del cambio de vagón. Solo había un hombre mayor, medio dormido, sentado cerca.

Quedaban apenas dos paradas para que tuviera que bajar de aquel maloliente vagón cuando, de pronto, una chica se cambió de vagón. Se sentó justo en frente de Sergio.

Sergio la miró, primero disimuladamente. La joven estaba leyendo un libro. Sergio, tras apreciar que la muchacha estaba absorta en su lectura, la miró de nuevo, esta vez con menos disimulo.

Era una muchacha muy bella, de piel más fina que los pétalos de las mismísimas rosas, labios gruesos y una boca pequeña, que se movían al ritmo de la lectura, sus ojos eran verdes, si los mirabas fijamente parecía que te hipnotizarán poco a poco. Lo que más le llamo la atención a Sergio era su pelo. Parecía como una bocanada de otoño en pleno verano. Lo llevaba recogido con una pinza, era despeinado a la vez que sensual. Sin duda era la mujer más bella que jamás había visto.

Cuando vio que solo quedaba una estación para llegar a su parada se apresuró a hablar con ella.

–Hola.– dijo el un poco nervioso a la par que ansioso de que ella le contestara. 

EN LA MISMA CAMA SUCIA.

Todo comenzó cuando tenia 8 años, yo era un niño muy feliz, mis padres se llevaban muy bien y aunque no teníamos dinero eramos muy felices. Pero un día todo cambió, un día cuando me desperté, me encontré a mi madre llorando y con un moratón en la cara. Le pregunte muchas veces que había pasado pero ella decía que se había caído y se había dado en la cara y que por eso estaba llorando. En ese momento yo no sospechaba nada de lo que estaba pasando, pasaron los años y cada año que pasaba mi padre y mi madre se llevaban mucho peor, era como si algo hubiera ocurrido.


Cuando cumplí los 11 años todo era muy diferente, mi padre nunca estaba en casa y cuando estaba le gritaba a mi madre, también encontré una aguja detrás del sofá pero yo sabia que significaba, mi padre secretario por lo que tampoco se podía explicar el polvo blanco que a veces llevaba en le ropa. Pasaron los día y yo cada vez estaba mas confuso hasta que un día le vi muchísimos moratones en la espalda a mi madre, uno me parecía normal pero tanto no. Le pregunte infinitas veces a mi madre que pasaba, ella cada vez decía una cosa diferente. Una noche llego mi padre y yo aun estaba despierto, me asome por la puerta y vi que mi padre estaba pegando a mi madre. Yo quería salir de mi habitación y pararlo, pero tenia mucho miedo y no podía moverme. Al día siguiente hable con mi madre y se lo dije todo, le conté que había visto como papá le pegaba y le gritaba desde la puerta de mi habitación. Mi madre hecho a llorar, yo intentaba ayudarla, pero ella se encerraba en su mente de donde no quería salir. Un día harta me contó que mi papá era un drogadicto y que le pegaba porque ella no quería que yo sufriera. Me puse a llorar, pero cuando llego mi padre de la oficina me intente tranquilizar, me era imposible, sentía que algo me decía que si no hacia nada seria como él, un hombre desdichado, machista y por que no decirlo ahora, un perdedor.
Esa noche no pude pegar ojo, estaba muy nerviosa por mi madre, porque ella tenia que estar con el toda la noche, y yo tenia miedo de que le hiciera daño, pues ella era lo único que me quedaba.
Cuando mi padre no estaba yo hablaba con mi madre, ella siempre acababa llorando, era tanto el dolor que tenía. Pasaron los meses, pero todo seguía siendo igual, un día me arme de valor para hablar con mi padre, le dije que yo lo sabia todo, sabia lo que le hacia a mi madre. Él solo supo hacer una cosa, me pegó, me pegó mucho y duramente tanto que me dejó inconsciente. Mi madre quería llevarme al hospital, pero mi padre no le dejaba, no quería que nadie supiera lo que me había pasado en realidad. Cuando desperté estaba en el hospital, y junto a mi estaba un trabajador social, me contó que mi padre había matado a mi madre y que se había suicidado, eso es todo lo que puedo recordar.